hierbecica

2 06 2009

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Buscant Jeff Mangum

27 10 2008





Newt Gingrich

4 06 2008

Newt Gingrich tiene aficiones a pesar de ser un señor de derechas. No fuma, no juega al golf y, para ser sinceros, no lee más que lo estrictamente necesario para denostar con fundamento las políticas más progresistas de sus rivales. Pero tiene aficiones. Como mínimo una: adora -siempre lo ha hecho- pasear de noche por las calles de Washington DC y otear las ventanas de hogares ajenos, a la hora en que las buenas familias americanas se demuestran su afecto unidas en el sofá ante el prime time. De noche los olores se mezclan y las sábanas tendidas en los callejones filtran la fritanga y los humos de escape. A Gingrich le encanta. Y se imagina que está dentro de esas casas, y que el olor procede de ellas, y que está sentado en el sofá compartiendo el prime time con una familia que no es la suya pero a la que quiere igual. Cosas de pequeño-burgués solitario.

La noche del 22 de mayo de 1993, después de su dry martini quincenal con un influyente locutor conservador, Gingrich volvía a casa mirando interiores que exudaban intimidad. Se detuvo ante un primer piso más acogedor de la cuenta, demasiado íntimo. Tardó un par de minutos en entender los movimientos rítmicos y los juegos de sombras. Tardó algo más en entender porqué la pareja había escogido el comedor. A sabiendas del calificativo que merecía su actitud, entró a comprar snacks en un seven-eleven y se apoyó en una farola para contemplar la escena con detenimiento y con el confort que da un escondite.

Pasó el fin de semana esperando a que llegara la noche del lunes para tener su momento de soledad nocturna; pasó por la misma calle y se detuvo ante el mismo edificio. Esta vez no era plácido bienestar lo que sentía Gingrich, no pensaba en cálidas escenas familiares ni en el prime time, la imagen del sofá pasaba a connotar otro tipo de asuntos. Y sin embargo no había luz en la ventana. Únicamente la lumbre de un cigarillo: una silueta femenina fumaba recostada en el alféizar, con el confort que da la oscuridad. No le veía la cara, por lo que era imposible saber hacia donde miraba, si le estaba mirando a él. Azorado, el señor de derechas siguió andando y volvió a su casa.

Sonando: Smith & Jones Forever – Silver Jews





Antonio Hernández Mancha

2 06 2008

Antonio Hernández Mancha olvidó su experiencia fallida como presidente del refundado Partido Popular español y permanece escondido en su Guareña natal desde 1992 como un Salinger cualquiera alejado de cámaras y micrófonos avasalladores. Pese a que pensaba volver a Madrid para prepararse la jubilación dorada como todo miembro de la élite, un accidente doméstico truncó sus planes y nunca nadie -nadie en un sentido laxo- ha vuelto a saber más de él.

Fue aceite hirviendo. Y una sartén con el mango mal puesto. Y una llamada telefónica. Y un codo rebelde y un ímpetu nervioso. En definitiva, que se desgració la cara por querer ir a atender a una persona que le iba a ofrecer volver a Madrid para reintegrarse en la ejecutiva del partido con buenas -muy buenas- perspectivas de futuro. Desde la capital no oyeron el grito que dejó pálida a su señora. En la cocina, un huevo frito con la yema rota manchaba la nevera y un hombre con la carne cocida gemía en el suelo a la espera de no sabía bien qué.

En el hospital contuvieron el desastre de la cara y dejaron al psicólogo que hiciera lo que buenamente pudiera con Hernández Mancha. Un hombre público como él, se lamentaba su señora, un hombre tan guapo, con tan buen hacer ante las cámaras, qué va a ser de él. Por lo pronto, voluntaria o involuntariamente, el antiguo presidente del centro-derecha español no iba a volver a pisar la capital en su vida. Sus vecinos de Guareña -un mundo pequeño, incluso más que Madrid- no necesitarían mayores explicaciones, los niños harían chufla con su apellido y su retiro hasta hoy acabaría siendo tranquilo y frustrante como una balsa de aceite crudo.

Sonando: The Rip – Portishead.





William Gibson

29 05 2008

William Gibson dio los buenos días el 5 de mayo de 1988 vomitando en el pasillo de transbordo de una parada del metro de Nueva York. Salía de casa de su amiga Ronnie tras una pechada de frijoles con atún y tres botellas vacías de vino de garrafón, como el que solo se vende en América. Fue una noche pesada. Habían estado hablando contra su voluntad del Neuromante, la novela de ciencia ficción cyberpunk con la que se hizo famoso y que recientemente Ronnie había leído. Metáforas, símbolos, predicciones cumplidas. Nadie se había planteado que a lo mejor el escritor no quería sentar cátedra; ni siquiera su amiga del alma, exageradamente emocionada por las supuestas dotes mesiánicas de William.

Al bajar las escaleras del metro, Gibson notó que algo le presionaba la cabeza, algo distinto al alcohol, un estruendo industrial, sin melodía, que salía de un hilo musical fuera de lo común. Maldijo al tipo al que se le ocurrió ser original a esas horas de la mañana y se sentó en un escalón, masajeándose las sienes a la espera de que cesara el ruido. Por suerte no había nadie alrededor para presenciar su lamentable estado físico. Cuando Roy Orbison tomó el relevo musical, saltándose también todas las convenciones del hilo musical del metro, Gibson se puso de pie entre sudores tarareándose You Got It para si. No pudo dar el primer paso. Sintiendo el ano prieto y la cara vacía, el escritor echó todos los frijoles y manchó de paso el cuerpo dorado de una pin-up que anunciaba Tab en la pared.

Al acabar, con los ojos fuera de las órbitas y toda la sangre en la frente, buscó un kleenex en el bolsillo. Ante él un chaval con flequillo, lentes redondas y gabardina negra le miraba sin decir nada con el rostro. Gibson pegó un respingo y consiguió aguantar el grito. El chaval sin inmutarse le preguntó si era tal como pensaba el escritor del Neuromante. Gibson entre escalofríos dijo que sí y corrió a coger el metro. Aquella misma tarde, tras un pesado sueño cyberpunk entre flequillos y cuero negro, usó uno de los ejemplares de su más famosa novela para calzar una silla coja. Se sentó en ella con rabia.

Sonando: Wichita Lineman Was A Song I Once Heard – The KLF. Chill Out





Lech Walesa

16 05 2008

Lech Walesa -aunque Polonia y ustedes no quieran saberlo- llenó las arcas del sindicato Solidaridad con varios cientos de miles de dólares que ganó la noche del 23 de julio de 1977 en un garito de Las Vegas. En mayo, gracias a la ayuda de un primo en el Partido, había logrado salir de Varsovia, tras ser despedido del astillero de Gdansk; en Bonn tomó el primer vuelo en dirección a Los Ángeles. De allá a Nevada era un paso. Un plan rondaba en su cabeza desde que años atrás viera una peliculita americana sobre el casino y el juego, también gracias a su primo.

La ambición le hizo perder en una noche de ruleta lo poco que había ahorrado y lo mucho que había pedido a amigos y familiares. Su número era el 17, el de la toma del Palacio de Invierno, el de la Revolución de Octubre; el casino, como era de esperar, no estaba para mandangas mitológicas. Lo perdió todo y ello no solo incluía su capital, ni siquiera se limitaba a su vida: aquel dinero era según el plan el interruptor con el que encender el motor de una nueva revolución en Polonia. Multiplicado vaya usted a saber por cuántos enteros con tres o cuatro plenos al 17 y bien invertido en organización sindical, el monto de zlotys que cambió por dolares tendría que haber dado ímpetu material a todo lo que Lech y sus compañeros de los astilleros habían planeado para su país.

Sin un duro y por los suelos, salió del casino mordiéndose las entrañas y preguntándose trágicamente si valía la pena intentar volver a su país, si por el contrario merecía morir allí, en la cuna del capitalismo ocioso. La rabia le pudo. A punto estuvo de romperse la crisma a golpes contra la pared, a punto de pedir a unas putas que le pegaran un tiro. Fue entonces cuando vio a una ostentosa pareja meterse en un callejón y cuando le vino a la cabeza la historia de los padres de Batman, que conoció tiempo atrás gracias a los cómics de su primo. Asesinados por un quinqui de tres al cuarto que seguramente tenía mujer e hijos que alimentar, quizá un proyecto político que llevar a cabo… No llegó a herirles; bastó con asustarles con su polaco portuario y su bigote. El resultado fueron unos cuantos miles de dólares, un reloj, un collar de perlas y un pelín más de suerte en su nueva incursión a la ruleta. El resto explica bastantes cosas de la historia reciente de Polonia.





Disco: Joselito – Al far-west

6 04 2008

Joselito, niño prodigio crepuscular, nos ofrece este homenaje al western, al desierto y a la decadencia, a medio camino entre Caléxico, Nacho Vegas y Juan Camus.

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Robert Sheckley

18 02 2008

sheckley.jpg Robert Sheckley, quizá porque nació en julio, esperaba cada año en candeletas la llegada del sol. En febrero, en marzo, en abril, se encerraba en casa, a cobijo del frío, y escribía día y noche con la máquina de escribir junto al balcón; desde allí veía llover e imaginaba viajes interestelares a galaxias más cálidas. Cuando en insoportables arrebatos de ñoñería su mujer le preguntaba en la cama si se consideraba feliz, él le solía pedir que se esperara al verano, que solo le contestaría tumbado en una hamaca playera, pasando calor mai tai en mano. Sheckley realmente necesitaba el buen tiempo, como necesita litio un nemoriano. Casi, casi, cuestión de vida o muerte.

Pero el de 1983 fue un verano horrible. El más lluvioso en Florida desde 1813. Tan solo durante dos noches consecutivas de junio dieron tregua los nubarrones de tormenta que tanto fastidiaban al escritor, y aún así, la temperatura fue extremadamente baja para los estándares veraniegos a los que cualquier buen bañista está acostumbrado. A mediados de agosto Sheckley no se lo creía. Medio en serio, medio en broma le confesó por teléfono una mañana a su hijo Michael que estaba convencido de que aquello era una conspiración de la Administración Reagan para deprimir a todos los americanos liberales por sus pecados durante los años sesenta. Pero que él no se iba a dar por vencido.

Una mañana antes de las siete cargó su toalla, su camisa de flores y sus gafas de sol en la bolsa y salió de su apartamentito en dirección a la playa aún a pesar de la lluvia torrencial. Más solo que Omicron Persei, más que los rayos C que brillan en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. La crema protectora se mezclaba con las gotas de lluvia y la toalla ahora pesada como el acero se aferró a la arena mojada. Shecley, tras más de trescientos días de espera, se puso las gafas de sol, miró al cielo en busca de un inexistente rayo solar y sonrió. La enfermedad podía esperar.

Sonando: Hawaiian War Chant – Johnny Coco 





Tina Modotti

14 02 2008

modotti.jpg Tina Modotti, quien tantas veces había arriesgado su vida por la igualdad, la justicia y el socialismo, decidió correr el riesgo de comerse un plato de almejas el 8 de abril de 1932 en una cantina chusca del DF a sabiendas de que llevaban demasiado tiempo fuera del mar. Era un antojo, y si en aquella época de viva turbulencia Tina Modotti no podía permitirse un antojo ya me dirán ustedes cuándo se lo iba a permitir.

Sorprendentemente las almejas mantenían un lejano sabor a mar que le recordaron la primera vez que vio América desde la cubierta del Brindisi. En realidad, una mezcla de mar y diesel, de alga, sal y guano, que le trajo gratos recuerdos y la conciencia de que ya hacía veintinueve años que cambió de continente. Y ahora allí, en pleno corazón de la capital de México, se sorprendía a sí misma comiendo productos de mar rebozados en polvo y tierra. Como si no tuviera ya más de treinta años y pudiera permitirse ir jugando a comer mierda por los peores garitos de la ciudad, como si no fuera una enemiga del Estado y del orden burgués, como una simple cría.

Al cabo de hora y media, tequila mediante, Modotti enfermó. Pese a que las almejas eran la causa más probable, entre vómitos se dijo que no, que la culpa era de su antojo y del dejarse llevar por impulsos infantiles, que las almejas no tenían nada que ver y que ya podrían haber estado recién sacadas del mar que ella hubiera enfermado igual. Las fiebres la volvieron paranoica y soñó que espías a sueldo del gobierno le lanzaban marisco por la espalda para matarla. Cuando al cabo de unos días vació el estómago y se recuperó, Modotti regresó a la cantina y volvió a pedir almejas, aunque esta vez se las llevó a casa. De nuevo en su comedor, abrió una botella de tequila y se las zampó de una en una concienzudamente, convencida de que esta vez nada iba a suceder. En efecto, al día siguiente Modotti amaneció fresca como una rosa.

Sonando: Love for Sale – Arthur Lyman





Santiago Cañizares

12 02 2008

canizares.jpg Santiago Cañizares bajó del avión, procedente de Galicia, y cogió el metro en el futurista aeropuerto-estación de Valencia, abatido tras una victoria de su equipo en la que encajó nada menos que cuatro goles. Habían ganado el partido y los tres puntos no se los quitaba nadie, pero cuatro goles… cuatro goles son demasiados para un portero como él. Volvía solo, pues pidió permanecer en Vigo unos días más. Cargado como iba con la maleta, al abrirse las puertas del vagón se arrellano en un asiento y se puso los cascos con los ojos cerrados. Lista de reproducción “clasicos del POP español!!” a un volumen excesivo.

Le corrían varios demonios por la cabeza de los cuales el más nimio era el castigo del entrenador. La había cagado en el partido por una noche de sábado pasadita. El siguiente error fue pedir tres días de permiso para “reflexionar”, que le fueron inexplicablemente concedidos y seguramente apuntados con rigor en la libretita del técnico. Ciertamente Cañizares dedicó su estancia extraordinaria en Vigo para darle vueltas a la cabeza, respirar hondo y volver dispuesto a lo que hiciera falta; volvía convencido de que esos tres días le habían hecho mejor persona. Cuando acabó la canción de Presuntos Implicados, el reproductor seleccionó al azar Cuídate de La Oreja de Van Gogh. El portero se emocionó, sonrió y reclinó la cabeza.

Pasadas unas cuantas paradas, Jesús, Patraix, Hospital, en las que el metro se fue llenando, las puertas del vagón se abrieron y una anciana con bastón y medallita de la Virgen se plantó agarrada a la barra justo enfrente de Cañizares. Reclinado y aguantándose la cabeza con las manos permanecía ajeno a su alrededor. Finalizó entonces 19 días y 500 noches y decidió erguirse porque le empezaba a doler el cuello. No pudo evitar cruzar una mirada con la anciana que lánguidamente y sin decir nada dio muestras evidentes de querer sentarse. Pero Cañizares, que siempre ha tenido buenos reflejos, alzó raudamente la cabeza y reclinándola en la ventana del vagón, cerró los ojos y siguió escuchando otro clásico del pop español. Le iba muy bien para pensar.

Sonando: Me he perdido – Nacho Vegas y Christina Rosenvinge