Jonathan Yeo, impulsivo y atolondrado, adquirió un buen día un perro como quien se compra el Reader’s Digest. Era un pequeño can sin padre y sin raza que le regaló en 1993 un vecino de los que de debajo de la manga te saca cualquier cosa. A saber de dónde lo habría sacado el tipo. El caso es que a Jonathan le hacía gracia; de hecho, creía firmemente que un perro patán era lo que su vida necesitaba en aquel preciso momento. De modo que le habilitó un rincón en el patio de su mansioncita londinense y ahí lo dejó, con agua y galletas, hasta que su estado de ánimo necesitara arrumacos del bicho.
Pero como sabrá todo el que haya maltratado a un perro, estos animales necesitan tanta atención como una abuela y tanto jaleo como un crío, hasta el punto de que encerrados en un patio por amplio que sea acaban volviéndose tarumbas, empiezan a saltar sin razón y ladran ante un cualquier mota de polvo. Como era el primer perro al que maltrataba, Jonathan desconocía todas estas particularidades biológicas y no le dio importancia ninguna a ciertos actos que consideró propios de su raza. Si el perro parecía sonreír, si se ponía estrábico a voluntad, si saltaba con la boca abierta contra las paredes cuando veía una mosca, Jonathan encogía los hombros y les comentaba a sus conocidos, muy seguro de sí mismo, que en el fondo eso es ser perro.
Una mañana -la mañana de la semana que Jonathan sacaba a pasear al bicho-se fueron ambos al parque, lleno de niños corriendo o montados en columpios de fantasía que con su griterío agudo e inocente acabaron de volver loco al perro. Empezó a ladrar, a saltar verticalmente como un muelle y, de un golpe seco, consiguió soltar la correa de la mano de Jonathan, que vio espantado como su animal se abalanzaba contra chiquillos que no le llegaban al lomo. Algunos salieron despedidos contra la arena, otros cayeron de culo untándoselo definitivamente con la mierda del pañal. Las madres gritaban, insultaban a Jonathan, intentaban espantar al perro con el periódico. En el fondo el bicho, como la mayoría de locos, solo jugaba. Jonathan le llamó con un chillido histérico y en un santiamén el can se plantó ante él, no sin antes volver a derribar a los niños que poco a poco habían ido levantándose entre lágrimas. Ya en casa, Jonathan azotó al perro por aquella mañana horrible y entre alaridos lo volvió a encerrar en el patio en el que se había vuelto loco. Le culpaba de haber llevado el caos a aquel apacible parque, pero los perros locos no son tontos y saben de quién es la culpa. Jonathan en el fondo tampoco era tonto y también lo sabía.
Sonando: Ping Island/Lighting Strike Rescue Op – B.S.O. de The Life Acquatic With Steve Zissou
Gervasi Deferr va de vez en cuando a conferencias de temática peregrina para que no se diga que los gimnastas son solo músculos y un maillot. Cualquier asunto por raro que sea, cualquier centro cívico o institución académica por lejos que esté, cualquier conferenciante es bueno para las ansias de cultura que tiene el muchacho, aunque a menudo tenga que ir solo y su familia se meta un poco con él. A Gervasi le da igual. Gervasi aprende un montón y se lo pasa bien. Llega con su moto al lugar en cuestión, ocupa un asiento lateral para no molestar demasiado y escucha a quien toque con su bloc de notas y el boli por si el tipo dice algo importante, no vaya a ser que cite un libro o cuente un chiste que luego no recordaría.
Jennifer Aniston tuvo en 2005 una época de profunda introspección, casi ascética, en la que no salía de casa ni acompañaba a Brad Pitt a los saraos. Le dio por leer a Herman Hesse y encenderse barritas de incienso benjui colocadas meticulosamente en todos los lugares que consideraba propicios para la reflexión, desde el bidé hasta la repisa del ventanal por el que la actriz contemplaba el anochecer de Los Angeles con Siddhartha en las manos. Cómo dedujera de sus lecturillas sus pensamientos es algo que no viene ahora al caso; lo que hay que saber es que en un momento dado Aniston llegó a la siguiente conclusión: lo malo de los seres vivos es que están vivos y por lo tanto en mayor o menor medida siempre pueden acabar haciendo algo que no nos guste, algo que por cualquier razón se interponga en nuestro camino. Y eso obviamente se da tres patadas con nuestro íntimo y profundo desarrollo espiritual.
Bogd Khan, octavo Jebtsun Damba Hutuchtu, se aburría un pelín, la verdad sea dicha. Acostumbrado a trabajar lo justo y casi para aparentar y dar ejemplo al súbdito, las tardes de cada día eran para él como tardes de domingo y además empezaban a las diez y media de la mañana. Sin dominicales del periódico, ni panadería a la que bajar a comprar el pan, ni máquinas tragaperras que aún tardarían años en inventarse, el monarca se pasaba horas pegando saltitos de tedio en su monstruoso salón del trono, gritando su nombre completo para que sonara el eco. Unos días se ponía a contar baldosas negras, otros a saltar de blanca en blanca; cuando tocaba contar luego se esforzaba en olvidar el número para poder repetir la operación otro día y sorprenderse con el resultado y exclamar sorprendido como si él mismo fuera un niño engañado: caramba, Bogd Khan, ni más ni menos que dieciséis millones setecientas setenta y siete mil doscientas dieciséis baldosas negras tiene tu salón, podrás estar orgulloso.
Concepción Arenal sufrió un pasmo una tarde de agosto y todos la creyeron muerta. La lloraron durante dos días, le hicieron los oficios religiosos y la llevaron a cuestas a un pequeño cementerio gallego y por lo tanto húmedo. La fosa era pequeña pero el enterrador, que en su trabajo prefirió dejarse llevar por la rutina y la experiencia en vez de contrastar las medidas, solo se percató al ver el ataúd. El cura y los familiares esperaron a que ensanchara el agujero un poco más para empezar el entierro propiamente dicho -en realidad cuatro rezos mal traídos y mucho ruido de pañuelo y moco-; una vez resuelto procedieron a echar tierra sobre el cadáver de Concepción.
Josep Oliu asistió hace apenas seis meses al funeral de su madre. Lo que poca gente sabe es que tras la mirada perdida del banquero entre nichos y mausoleos había sobre todo indiferencia. Incluso serenidad. Un año atrás, en agosto de 2006, la madre de Oliu se encontraba en la cama de una famosa clínica privada de Sabadell acabándose, con la ayuda de una enfermera tetuda, las peras confitadas del menú. Su hijo la observaba rígido, con los brazos cruzados y la frente sudada, esperando a que dejara de mover sus encías fofas, cerrara la boca de una vez por todas y dejara que le secaran las babas. Ante la visión de su madre comiendo, las tetas de la enfermera era lo único que serenaba a Oliu.
Dave Brubeck adoraba las motocicletas hasta tal punto que en 1967 descubrió que se trataba de pura atracción sexual. Al principio se resistía a admitirlo por considerarlo, no una aberración o una enfermedad congénita, sino sencillamente una estupidez de la que no podía salir nada productivo. Cómo irse a la cama con una Ducati 250 o una Norton Electra, por decir dos modelos que le excitaban particularmente. Qué iba a hacer desnudo con ellas, aunque fuera de una en una. Qué partes tocar, con qué piezas estimularse. Los mareos y las punzadas en el estómago aparecían cuando paseaba por el centro de la ciudad con su mujer de la mano y, de lejos, como si fuera un tornado en el desierto, oía el rugir de una de aquellas máquinas venidas del infierno para tentarle.
La Bella Dorita bailó desnuda más de cinco veces y más de seis aún tras perder un dedo del pie el 28 de mayo de 1933, por una mala apuesta que visto lo visto nunca debería haber aceptado. Carinyu meu, tu puñetera afición al juego te va a matar, le decían sus compañeras, que la querían a pesar de la pelusilla que rondaba entre vestidores. Podían ser envidiosas pero bailaban en El Molino y las vedettes de El Molino no eran unas cualquieras: a las compañeras que van por el mal camino hay que traerlas al bueno aunque el bueno sea el Paralelo. Pero La Bella Dorita adoraba el juego, el simple hecho de poder ganar cualquier cosa sin otro trabajo que aguantar la respiración, sin más sudor en la frente que el de la emoción de poder perderlo todo… eso a ella le encantaba, le volvía loca, fuera a las cartas o a la ruleta de los barquillos.
Pedro Duque, a pesar de ser astronauta, no suele entender las películas. Sale del cine de ver una de mafiosos por ejemplo y siempre hay un amigo muchísimo más lento que él que, en el momento de romper el silencio para comentarla, desvela de paso algo que Pedro no había pillado. Al hermano mayor lo mata un matón que en la escena anterior sale de la habitación del protagonista, en lo que es un clarísimo ejemplo de cinematográfico fratricidio por la espalda y a la vez un punto de inflexión en la trama que permitirá entender todo lo que sucede a partir de ese momento. Pero Pedro no lo ha entendido. Vamos, no ha entendido lo que tocaba cuando tocaba, mientras veía al actor secundario entrar a la cocina del refugio de montaña en la que el italo-americano que hace de hermano del protagonista pelaba una patata en un cotidiano silencio que solo puede ser augurio de muerte a navaja. Pedro piensa que el secundario trabaja para otro, quizá para el jefe de Boston, quizá para un villano desconocido, pero seguro que no para el protagonista.
Madeleine Albright siempre había querido subirse al Air Force One pero por esas cosas de la vida nunca se había dado el caso. O estaba enferma cuando Clinton le cedía un asiento, o estaban barnizando la cubierta, o el piloto resultaba ser un ex-marido celoso que rompía en lágrimas cuando la veía acercarse desde el hangar; fuera como fuera, la Secretaria de Estado rabiaba cada vez que Chelsea y Hillary, asquerosamente sonrientes, saludaban a la concurrencia abrazadas a su amantísimo padre y marido, dispuestas a emprender el vuelo en uno de los más importantes símbolos del poder estadounidense.