Madeleine Albright

13 01 2008

albright.jpg Madeleine Albright siempre había querido subirse al Air Force One pero por esas cosas de la vida nunca se había dado el caso. O estaba enferma cuando Clinton le cedía un asiento, o estaban barnizando la cubierta, o el piloto resultaba ser un ex-marido celoso que rompía en lágrimas cuando la veía acercarse desde el hangar; fuera como fuera, la Secretaria de Estado rabiaba cada vez que Chelsea y Hillary, asquerosamente sonrientes, saludaban a la concurrencia abrazadas a su amantísimo padre y marido, dispuestas a emprender el vuelo en uno de los más importantes símbolos del poder estadounidense.

A las cinco de la mañana del 13 de noviembre de 1998, Madeleine se desveló asustada tras un horrible sueño en el que el Air Force One reventaba en pedazos justo encima de una escuela infantil en Tuxon, causando centenares de muertos, incluída por supuesto la familia Clinton. A partir de ese día, las pesadillas se repitieron regularmente -generalmente jueves y sábados- y alteraron la consabida serenidad de la Secretaria de Estado, tanto en familia como en el trabajo. Perdió peso, perdió pelo, y sin embargo nadie pareció darse cuenta de nada, nada parecía extraño a ojos de sus conocidos, ni siquiera cuando adquirió por teléfono, tras una maratoniana sesión nocturna de teletienda, una colección absurdamente grande de aviones en miniatura.

El 1 de mayo de 2000, Madeleine expuso su problema a Clinton que aquel día, vaya usted a saber por qué, por razones arbitrarias que solo el Presidente conoce, se negó a concederle un viajecito en el avión. Madeleine gritó, dio un manotazo en la mesa del despacho presidencial y permaneció sentada con lágrimas en los ojos diez minutos después de que Clinton se hubiera marchado. El 3 de junio de 2000, la Secretaria de Estado entró a la tienda de souvenirs de la Casa Blanca y se llevó sin pagar una camiseta XXL estampada con el Air Force One y dos o tres chapitas con su propia cara.


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