Dave Brubeck
19 01 2008
Dave Brubeck adoraba las motocicletas hasta tal punto que en 1967 descubrió que se trataba de pura atracción sexual. Al principio se resistía a admitirlo por considerarlo, no una aberración o una enfermedad congénita, sino sencillamente una estupidez de la que no podía salir nada productivo. Cómo irse a la cama con una Ducati 250 o una Norton Electra, por decir dos modelos que le excitaban particularmente. Qué iba a hacer desnudo con ellas, aunque fuera de una en una. Qué partes tocar, con qué piezas estimularse. Los mareos y las punzadas en el estómago aparecían cuando paseaba por el centro de la ciudad con su mujer de la mano y, de lejos, como si fuera un tornado en el desierto, oía el rugir de una de aquellas máquinas venidas del infierno para tentarle.
Finalmente, por no hacer daño a nadie empezando por él mismo, decidió saciar aquel torbellino de deseo limitándose a las revistas de aficionados al motor. Fuera donde fuera, ya al estudio de grabación, ya a visitar a su tía Angelica, Brubeck aprendió a llevar siempre consigo un ejemplar de la Bike For All que ocultaba meticulosamente entre las páginas de otra publicación para que nadie supiera de sus gustos privados. Las máscaras elegidas solían ser, nadie sabe por qué, catálogos de alimentación y de productos de limpieza.
Una vez en el metro tropezó y la revista original quedó al descubierto, cayendo por infausta casualidad a los pies de una motard con tacones y chaqueta de cuero. Tras el encuentro, estuvo un año y medio acostándose con aquella mujer a espaldas de todo el mundo, incluidos los rudos amigos moteros de ella, que no habrían entendido qué hacía su gorrioncito yéndose al catre con un músico con pinta de novato. Si Brubeck era feliz o no con la situación no es fácil de afirmar aún a día de hoy. Ambos compartían gustos, conocimientos y, a un nivel bastante superficial, ilusiones y planes para un futuro en pareja que ninguno estaba dispuesto a garantizar. Por eso, el trauma solo fue relativo cuando la motard sorprendió a Brubeck a oscuras en el garaje experimentando con su carne y el tubo de escape de una Triumph T100C. El músico se explicó como pudo y ella lo entendió a su manera. Prefirieron dejar de verse por un tiempo que, por lo embarazoso del descubrimiento, Brubeck ha acabado alargando hasta hoy.
Sonando: Egyptian Shumba - The Tammys
Lo que nadie sabe, quizás ni tan siquiera Kalaupapa, es que fue precisamente en aquella noche de placer solitario, compartido sólo con su propia sombra y la de su fiel Triumph T100C, cuando Dave imaginó el ritmo acompasado, cauto, sostenido de su “Take Five”.
Desde entonces, en cada concierto, en cada recital, cuando los platos de Joe Morello iniciaban los primeros compases de la tonada, y aguardaba Dave el momento oportuno para arrancar las primeras notas a su teclado, un escalofrío recorría la espalda del pianista. Recuerdos inconfesables del tacto del metal.
Dave Brubeck es un ful; Take Five, música para ascensores neoliberales; Egyptian Shumba, hitazo de la vida, sublimación del pop to the max.