Josep Oliu

21 01 2008

oliu.jpg Josep Oliu asistió hace apenas seis meses al funeral de su madre. Lo que poca gente sabe es que tras la mirada perdida del banquero entre nichos y mausoleos había sobre todo indiferencia. Incluso serenidad. Un año atrás, en agosto de 2006, la madre de Oliu se encontraba en la cama de una famosa clínica privada de Sabadell acabándose, con la ayuda de una enfermera tetuda, las peras confitadas del menú. Su hijo la observaba rígido, con los brazos cruzados y la frente sudada, esperando a que dejara de mover sus encías fofas, cerrara la boca de una vez por todas y dejara que le secaran las babas. Ante la visión de su madre comiendo, las tetas de la enfermera era lo único que serenaba a Oliu.

Finalmente, madre e hijo se quedaron a solas. Oliu seguía sudando a pesar del aire acondicionado; la mujer, entre la modorra y los efectos sedantes de la medicación, miraba a su hijo con largos y lentos parpadeos. Cómo estás, mamá, le preguntó con voz aséptica. Ella solo pudo soltar la mandíbula y empezar a respirar con dificultad. Con la misma voz fría pero más sudor en la frente Oliu le volvió a preguntar cómo se encontraba; la mujer calló de nuevo y siguió respirando lentamente con la boca abierta, como un bebé, sin usar las fosas nasales. El banquero acercó la cara a la de su madre y tras repetirle de nuevo la pregunta, frío como una caja fuerte, se irguió y sin mediar más palabra le arreó un sonoro bofetón. La mujer gimió con la boca abierta y miró asustada a su hijo.

Nadie entró a la habitación pese al ruido de la hostia. Oliu, con el corazón sonando como un cajero expendiendo billetes de diez, se sentó en el sofá, sacó un kleenex de la caja de kleenex y se secó el sudor de la frente. Su madre no dejaba de mirarle con los ojos como platos. Él, con el pulso más sereno, se levantó de nuevo, se dirigió a la cama y la miró otra vez, tendida entre sábanas revueltas, con la boca abierta y babeante. Sin decir nada le dio otra hostia aún más fuerte que la anterior. La mujer saltó en su cama e inició un gemido largo y modulado con el que no era fácil saber si pedía ayuda o le preguntaba algo a su hijo. Oliu le dio una tercera. Y una cuarta. Y una quinta. Y una sexta y última hostia. Y respiró hondo, se irguió, se puso bien la americana y, cruzado ya de brazos, miró unos segundos a los ojos llorosos de la anciana antes de irse a cenar. Su mujer le esperaba fuera, sentada en el coche, y seguramente le preguntaría cómo estaba ella. Él resoplaría y con una mirada de resignación metería la llave en el contacto y se irían al restaurante en el que cada viernes tenían mesa reservada.

Sonando: Weatherbox - Mission of Burma


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3 respuestas a “Josep Oliu”

21 01 2008
Anónimo (21:32:35) :

LOL

21 01 2008
Pablo (22:31:04) :

Coi noi! Et faràs famós a base de querelles per injúria, difamació i apología del maltrato a la ancianidad… mente perversa… mostro!

22 01 2008
albertruiz (15:36:02) :

Rozas el delito, pero un delito hermoso, lleno de cosas (a su vez) hermosas, te lo repito, no me cansaré de repetirlo: Para, déjalo todo, respira, cómprate un albornoz a lo ‘Dude’ y… ESCRIBE!

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