Jonathan Yeo

30 01 2008

yeo.jpg Jonathan Yeo, impulsivo y atolondrado, adquirió un buen día un perro como quien se compra el Reader’s Digest. Era un pequeño can sin padre y sin raza que le regaló en 1993 un vecino de los que de debajo de la manga te saca cualquier cosa. A saber de dónde lo habría sacado el tipo. El caso es que a Jonathan le hacía gracia; de hecho, creía firmemente que un perro patán era lo que su vida necesitaba en aquel preciso momento. De modo que le habilitó un rincón en el patio de su mansioncita londinense y ahí lo dejó, con agua y galletas, hasta que su estado de ánimo necesitara arrumacos del bicho.

Pero como sabrá todo el que haya maltratado a un perro, estos animales necesitan tanta atención como una abuela y tanto jaleo como un crío, hasta el punto de que encerrados en un patio por amplio que sea acaban volviéndose tarumbas, empiezan a saltar sin razón y ladran ante un cualquier mota de polvo. Como era el primer perro al que maltrataba, Jonathan desconocía todas estas particularidades biológicas y no le dio importancia ninguna a ciertos actos que consideró propios de su raza. Si el perro parecía sonreír, si se ponía estrábico a voluntad, si saltaba con la boca abierta contra las paredes cuando veía una mosca, Jonathan encogía los hombros y les comentaba a sus conocidos, muy seguro de sí mismo, que en el fondo eso es ser perro.

Una mañana -la mañana de la semana que Jonathan sacaba a pasear al bicho-se fueron ambos al parque, lleno de niños corriendo o montados en columpios de fantasía que con su griterío agudo e inocente acabaron de volver loco al perro. Empezó a ladrar, a saltar verticalmente como un muelle y, de un golpe seco, consiguió soltar la correa de la mano de Jonathan, que vio espantado como su animal se abalanzaba contra chiquillos que no le llegaban al lomo. Algunos salieron despedidos contra la arena, otros cayeron de culo untándoselo definitivamente con la mierda del pañal. Las madres gritaban, insultaban a Jonathan, intentaban espantar al perro con el periódico. En el fondo el bicho, como la mayoría de locos, solo jugaba. Jonathan le llamó con un chillido histérico y en un santiamén el can se plantó ante él, no sin antes volver a derribar a los niños que poco a poco habían ido levantándose entre lágrimas. Ya en casa, Jonathan azotó al perro por aquella mañana horrible y entre alaridos lo volvió a encerrar en el patio en el que se había vuelto loco. Le culpaba de haber llevado el caos a aquel apacible parque, pero los perros locos no son tontos y saben de quién es la culpa. Jonathan en el fondo tampoco era tonto y también lo sabía.

Sonando: Ping Island/Lighting Strike Rescue Op - B.S.O. de The Life Acquatic With Steve Zissou


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Un comentario a “Jonathan Yeo”

1 02 2008
albertruiz (13:01:42) :

A pesar de que mis retinas se revelan cada vez que tengo que leerte (el cuerpo de texto es cruelmente pequeño), lo hago y más tarde, rendido ante tu talento, lloro desconsoladamente mientras imagino una chimenea crepitante en una casita de arquitectura típicamente alpina al pie del Mont Maudit.

Mi madre, que me ha sorprendido varias veces en semejante trance, sufre por mi y te odia pero no me lo dice. No quiere herirme. Ella sabe, que a pesar del tiempo, tú eres mi auténtico amor.

Viva el Rey.

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