Robert Sheckley

18 02 2008

sheckley.jpg Robert Sheckley, quizá porque nació en julio, esperaba cada año en candeletas la llegada del sol. En febrero, en marzo, en abril, se encerraba en casa, a cobijo del frío, y escribía día y noche con la máquina de escribir junto al balcón; desde allí veía llover e imaginaba viajes interestelares a galaxias más cálidas. Cuando en insoportables arrebatos de ñoñería su mujer le preguntaba en la cama si se consideraba feliz, él le solía pedir que se esperara al verano, que solo le contestaría tumbado en una hamaca playera, pasando calor mai tai en mano. Sheckley realmente necesitaba el buen tiempo, como necesita litio un nemoriano. Casi, casi, cuestión de vida o muerte.

Pero el de 1983 fue un verano horrible. El más lluvioso en Florida desde 1813. Tan solo durante dos noches consecutivas de junio dieron tregua los nubarrones de tormenta que tanto fastidiaban al escritor, y aún así, la temperatura fue extremadamente baja para los estándares veraniegos a los que cualquier buen bañista está acostumbrado. A mediados de agosto Sheckley no se lo creía. Medio en serio, medio en broma le confesó por teléfono una mañana a su hijo Michael que estaba convencido de que aquello era una conspiración de la Administración Reagan para deprimir a todos los americanos liberales por sus pecados durante los años sesenta. Pero que él no se iba a dar por vencido.

Una mañana antes de las siete cargó su toalla, su camisa de flores y sus gafas de sol en la bolsa y salió de su apartamentito en dirección a la playa aún a pesar de la lluvia torrencial. Más solo que Omicron Persei, más que los rayos C que brillan en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. La crema protectora se mezclaba con las gotas de lluvia y la toalla ahora pesada como el acero se aferró a la arena mojada. Shecley, tras más de trescientos días de espera, se puso las gafas de sol, miró al cielo en busca de un inexistente rayo solar y sonrió. La enfermedad podía esperar.

Sonando: Hawaiian War Chant – Johnny Coco 





Tina Modotti

14 02 2008

modotti.jpg Tina Modotti, quien tantas veces había arriesgado su vida por la igualdad, la justicia y el socialismo, decidió correr el riesgo de comerse un plato de almejas el 8 de abril de 1932 en una cantina chusca del DF a sabiendas de que llevaban demasiado tiempo fuera del mar. Era un antojo, y si en aquella época de viva turbulencia Tina Modotti no podía permitirse un antojo ya me dirán ustedes cuándo se lo iba a permitir.

Sorprendentemente las almejas mantenían un lejano sabor a mar que le recordaron la primera vez que vio América desde la cubierta del Brindisi. En realidad, una mezcla de mar y diesel, de alga, sal y guano, que le trajo gratos recuerdos y la conciencia de que ya hacía veintinueve años que cambió de continente. Y ahora allí, en pleno corazón de la capital de México, se sorprendía a sí misma comiendo productos de mar rebozados en polvo y tierra. Como si no tuviera ya más de treinta años y pudiera permitirse ir jugando a comer mierda por los peores garitos de la ciudad, como si no fuera una enemiga del Estado y del orden burgués, como una simple cría.

Al cabo de hora y media, tequila mediante, Modotti enfermó. Pese a que las almejas eran la causa más probable, entre vómitos se dijo que no, que la culpa era de su antojo y del dejarse llevar por impulsos infantiles, que las almejas no tenían nada que ver y que ya podrían haber estado recién sacadas del mar que ella hubiera enfermado igual. Las fiebres la volvieron paranoica y soñó que espías a sueldo del gobierno le lanzaban marisco por la espalda para matarla. Cuando al cabo de unos días vació el estómago y se recuperó, Modotti regresó a la cantina y volvió a pedir almejas, aunque esta vez se las llevó a casa. De nuevo en su comedor, abrió una botella de tequila y se las zampó de una en una concienzudamente, convencida de que esta vez nada iba a suceder. En efecto, al día siguiente Modotti amaneció fresca como una rosa.

Sonando: Love for Sale – Arthur Lyman





Santiago Cañizares

12 02 2008

canizares.jpg Santiago Cañizares bajó del avión, procedente de Galicia, y cogió el metro en el futurista aeropuerto-estación de Valencia, abatido tras una victoria de su equipo en la que encajó nada menos que cuatro goles. Habían ganado el partido y los tres puntos no se los quitaba nadie, pero cuatro goles… cuatro goles son demasiados para un portero como él. Volvía solo, pues pidió permanecer en Vigo unos días más. Cargado como iba con la maleta, al abrirse las puertas del vagón se arrellano en un asiento y se puso los cascos con los ojos cerrados. Lista de reproducción “clasicos del POP español!!” a un volumen excesivo.

Le corrían varios demonios por la cabeza de los cuales el más nimio era el castigo del entrenador. La había cagado en el partido por una noche de sábado pasadita. El siguiente error fue pedir tres días de permiso para “reflexionar”, que le fueron inexplicablemente concedidos y seguramente apuntados con rigor en la libretita del técnico. Ciertamente Cañizares dedicó su estancia extraordinaria en Vigo para darle vueltas a la cabeza, respirar hondo y volver dispuesto a lo que hiciera falta; volvía convencido de que esos tres días le habían hecho mejor persona. Cuando acabó la canción de Presuntos Implicados, el reproductor seleccionó al azar Cuídate de La Oreja de Van Gogh. El portero se emocionó, sonrió y reclinó la cabeza.

Pasadas unas cuantas paradas, Jesús, Patraix, Hospital, en las que el metro se fue llenando, las puertas del vagón se abrieron y una anciana con bastón y medallita de la Virgen se plantó agarrada a la barra justo enfrente de Cañizares. Reclinado y aguantándose la cabeza con las manos permanecía ajeno a su alrededor. Finalizó entonces 19 días y 500 noches y decidió erguirse porque le empezaba a doler el cuello. No pudo evitar cruzar una mirada con la anciana que lánguidamente y sin decir nada dio muestras evidentes de querer sentarse. Pero Cañizares, que siempre ha tenido buenos reflejos, alzó raudamente la cabeza y reclinándola en la ventana del vagón, cerró los ojos y siguió escuchando otro clásico del pop español. Le iba muy bien para pensar.

Sonando: Me he perdido – Nacho Vegas y Christina Rosenvinge





Siouxsie Sioux

5 02 2008

siouxsie.jpg Siouxsie Sioux se tiró en mayo de 1979 seis días seguidos durmiendo. Ya, ya les oigo exclamar ahí sentados: uh Kalaupapa tampoco hay para tanto; al fin y al cabo Siouxsie es una mujer que ha vivido siempre al límite ¿verdad?, al fin y al cabo el sexo, las drogas, el Reino Unido, el punk, dejan rendido a cualquiera. Se la deben imaginar durmiendo en un catre cochambroso, envuelta en mierda y con ojeras hasta los tobillos, ¿verdad? Aunque solo sea por el tópico de la estrella hundida por la mala vida, por las cosas que tiene ser una femme fatale

Pues no señores. En mayo de 1979 Siouxsie tenía la sangre limpia, comía y leía como una buena nena y vivía en un pisito que parecía sacado de una revista sueca de interiorismo. Es más, el primer día de los seis se fue a la cama a eso de las diez menos cuarto de la noche metida en un pijama que olía a rositas, no les digo más. Lo que sí es verdad es que aquella temporada Siouxsie no las tenía todas consigo: se discutía con su madre cada dos días, follaba menos que nunca a falta de ganas y empezó a dudar de su propia habilidad musical. Total que a la mañana siguiente Siouxsie tuvo frío al abrir la manta y sintió miedo de meter el pie en la zapatilla. Nadie la esperaba fuera y tras un rápido recuento vio que todo podía dejarse para otro día. De modo que tras bajar la persiana siguió durmiendo sin dificultad al abrigo de unas mantas que le provocaron una estúpida sonrisa babeante de bebé y soñó por lo menos con cuarenta espacios distintos que le eran familiares. Soñó con su lavabo, con el piso de su amigo Roger, con sus primas, con su madre, con la carnicera, con una señora con paraguas y el pelo lila que a veces se cruzaba en el Tesco. A las dieciocho horas se levantó a mear y a comer quicos con los ojos cerrados y luego siguió soñando con anécdotas cotidianas. Al cabo de treinta horas Siousxie pensó que quizá se estaba pasando un pelín, pero también pensó en lo que había fuera: decidió seguir revolcándose entre mantas y desajustando con los pies la sábana ajustable de gomitas. A las setenta y cinco horas, los ruidos de la casa del vecino, las sirenas de las ambulancias, los ladridos de los perros, se metían en sus sueños que ya no eran sueños sino imágenes confusas mezcladas con un agradable olor corporal a caldo de cocido. A las ciento quince horas se olvidó de casi todo lo que era y empezó a soñar con colorines. No tenía mucho sentido pensar en lo que había fuera porque dejó de entender que estuviera dentro de ningún sitio. Es posible que durmiera con un ojo abierto.

Al séptimo día, que cayó en miércoles, Siouxsie se levantó de la cama y descansó de dormir.

Sonando: If I Were A Carpenter – Johnny Cash





Josep Miró i Ardèvol

1 02 2008

miro-i-ardevol.jpg Josep Miró i Ardèvol salió un día de su casita a buscar zumo de noni para su abuelita. El zumo de noni es el zumo de la fruta de un árbol cuyo nombre científico es Morinda citrifolia. Noni es como se denomina en Hawaii al árbol pero en el resto del mundo recibe muchos nombres como nono, nonu, mora india, árbol del queso, etc… El noni es originario y actualmente se cultiva en muchas partes del mundo según una distribución pantropical. Así, podemos encontrarlo desde Puerto Rico hasta la India, pasando por Hawaii, por la Polinesia, por el resto de islas del Pacífico y sur América. Los requisitos básicos para poder cultivar el noni son una temperatura media anual de 20 a 35ºC, mucha humedad y mucho sol. El cultivo del noni, ha supuesto para los habitantes de los lugares en donde crece una nueva forma de subsistencia, ya que son zonas en vías de desarrollo y cuya principal fuente de ingresos es el turismo. Entre estos lugares destacan Fiji, Hawai, y Tahití, principales productores de noni. El zumo de noni orgánico destaca por su alta calidad y respeto al medio ambiente.

A medio camino Miró i Ardèvol se encontró con un lobo y como ferviente católico que es le preguntó al animal si le gustaba el noni. El lobo no le entendió y quiso morderle en el costillar pero Miró i Ardèvol pensó en su abuelita, saltó quedándose quieto en el aire mientras la cámara giraba a su alrededor y le arreó tal patada al animal que desde aquel día prefirió volverse manso y ejercer de perro.

A las siete de la tarde llegó Miró i Ardèvol al opencor de Paseo San Juan y se encontró a un tipo gordo y barbudo del barrio, escritor al que conocía por los periódicos, promocionando cual azafata sumisa el zumo de noni recién llegado de Puerto Rico. Los hombretones se saludaron caballerosamente e iniciaron una elegante conversación sobre las virtudes del noni que acabó sobre lo mal que les iban las cosas cincuenta años después. Al minuto y medio de cháchara apareció el Conde de Godó encargado de tienda y Miró i Ardèvol se tuvo que ir. El escritor gordo y barbudo cual azafata sumisa pronto sería despedido. Finalmente la abuela tuvo su zumo de noni y colorín colorado este imbécil cuento se ha acabado.