Tina Modotti
14 02 2008
Tina Modotti, quien tantas veces había arriesgado su vida por la igualdad, la justicia y el socialismo, decidió correr el riesgo de comerse un plato de almejas el 8 de abril de 1932 en una cantina chusca del DF a sabiendas de que llevaban demasiado tiempo fuera del mar. Era un antojo, y si en aquella época de viva turbulencia Tina Modotti no podía permitirse un antojo ya me dirán ustedes cuándo se lo iba a permitir.
Sorprendentemente las almejas mantenían un lejano sabor a mar que le recordaron la primera vez que vio América desde la cubierta del Brindisi. En realidad, una mezcla de mar y diesel, de alga, sal y guano, que le trajo gratos recuerdos y la conciencia de que ya hacía veintinueve años que cambió de continente. Y ahora allí, en pleno corazón de la capital de México, se sorprendía a sí misma comiendo productos de mar rebozados en polvo y tierra. Como si no tuviera ya más de treinta años y pudiera permitirse ir jugando a comer mierda por los peores garitos de la ciudad, como si no fuera una enemiga del Estado y del orden burgués, como una simple cría.
Al cabo de hora y media, tequila mediante, Modotti enfermó. Pese a que las almejas eran la causa más probable, entre vómitos se dijo que no, que la culpa era de su antojo y del dejarse llevar por impulsos infantiles, que las almejas no tenían nada que ver y que ya podrían haber estado recién sacadas del mar que ella hubiera enfermado igual. Las fiebres la volvieron paranoica y soñó que espías a sueldo del gobierno le lanzaban marisco por la espalda para matarla. Cuando al cabo de unos días vació el estómago y se recuperó, Modotti regresó a la cantina y volvió a pedir almejas, aunque esta vez se las llevó a casa. De nuevo en su comedor, abrió una botella de tequila y se las zampó de una en una concienzudamente, convencida de que esta vez nada iba a suceder. En efecto, al día siguiente Modotti amaneció fresca como una rosa.
Sonando: Love for Sale - Arthur Lyman
¡Qué arte, por Dios!