William Gibson

29 05 2008

William Gibson dio los buenos días el 5 de mayo de 1988 vomitando en el pasillo de transbordo de una parada del metro de Nueva York. Salía de casa de su amiga Ronnie tras una pechada de frijoles con atún y tres botellas vacías de vino de garrafón, como el que solo se vende en América. Fue una noche pesada. Habían estado hablando contra su voluntad del Neuromante, la novela de ciencia ficción cyberpunk con la que se hizo famoso y que recientemente Ronnie había leído. Metáforas, símbolos, predicciones cumplidas. Nadie se había planteado que a lo mejor el escritor no quería sentar cátedra; ni siquiera su amiga del alma, exageradamente emocionada por las supuestas dotes mesiánicas de William.

Al bajar las escaleras del metro, Gibson notó que algo le presionaba la cabeza, algo distinto al alcohol, un estruendo industrial, sin melodía, que salía de un hilo musical fuera de lo común. Maldijo al tipo al que se le ocurrió ser original a esas horas de la mañana y se sentó en un escalón, masajeándose las sienes a la espera de que cesara el ruido. Por suerte no había nadie alrededor para presenciar su lamentable estado físico. Cuando Roy Orbison tomó el relevo musical, saltándose también todas las convenciones del hilo musical del metro, Gibson se puso de pie entre sudores tarareándose You Got It para si. No pudo dar el primer paso. Sintiendo el ano prieto y la cara vacía, el escritor echó todos los frijoles y manchó de paso el cuerpo dorado de una pin-up que anunciaba Tab en la pared.

Al acabar, con los ojos fuera de las órbitas y toda la sangre en la frente, buscó un kleenex en el bolsillo. Ante él un chaval con flequillo, lentes redondas y gabardina negra le miraba sin decir nada con el rostro. Gibson pegó un respingo y consiguió aguantar el grito. El chaval sin inmutarse le preguntó si era tal como pensaba el escritor del Neuromante. Gibson entre escalofríos dijo que sí y corrió a coger el metro. Aquella misma tarde, tras un pesado sueño cyberpunk entre flequillos y cuero negro, usó uno de los ejemplares de su más famosa novela para calzar una silla coja. Se sentó en ella con rabia.

Sonando: Wichita Lineman Was A Song I Once Heard – The KLF. Chill Out





Lech Walesa

16 05 2008

Lech Walesa -aunque Polonia y ustedes no quieran saberlo- llenó las arcas del sindicato Solidaridad con varios cientos de miles de dólares que ganó la noche del 23 de julio de 1977 en un garito de Las Vegas. En mayo, gracias a la ayuda de un primo en el Partido, había logrado salir de Varsovia, tras ser despedido del astillero de Gdansk; en Bonn tomó el primer vuelo en dirección a Los Ángeles. De allá a Nevada era un paso. Un plan rondaba en su cabeza desde que años atrás viera una peliculita americana sobre el casino y el juego, también gracias a su primo.

La ambición le hizo perder en una noche de ruleta lo poco que había ahorrado y lo mucho que había pedido a amigos y familiares. Su número era el 17, el de la toma del Palacio de Invierno, el de la Revolución de Octubre; el casino, como era de esperar, no estaba para mandangas mitológicas. Lo perdió todo y ello no solo incluía su capital, ni siquiera se limitaba a su vida: aquel dinero era según el plan el interruptor con el que encender el motor de una nueva revolución en Polonia. Multiplicado vaya usted a saber por cuántos enteros con tres o cuatro plenos al 17 y bien invertido en organización sindical, el monto de zlotys que cambió por dolares tendría que haber dado ímpetu material a todo lo que Lech y sus compañeros de los astilleros habían planeado para su país.

Sin un duro y por los suelos, salió del casino mordiéndose las entrañas y preguntándose trágicamente si valía la pena intentar volver a su país, si por el contrario merecía morir allí, en la cuna del capitalismo ocioso. La rabia le pudo. A punto estuvo de romperse la crisma a golpes contra la pared, a punto de pedir a unas putas que le pegaran un tiro. Fue entonces cuando vio a una ostentosa pareja meterse en un callejón y cuando le vino a la cabeza la historia de los padres de Batman, que conoció tiempo atrás gracias a los cómics de su primo. Asesinados por un quinqui de tres al cuarto que seguramente tenía mujer e hijos que alimentar, quizá un proyecto político que llevar a cabo… No llegó a herirles; bastó con asustarles con su polaco portuario y su bigote. El resultado fueron unos cuantos miles de dólares, un reloj, un collar de perlas y un pelín más de suerte en su nueva incursión a la ruleta. El resto explica bastantes cosas de la historia reciente de Polonia.