Jonathan Yeo

30 01 2008

yeo.jpg Jonathan Yeo, impulsivo y atolondrado, adquirió un buen día un perro como quien se compra el Reader’s Digest. Era un pequeño can sin padre y sin raza que le regaló en 1993 un vecino de los que de debajo de la manga te saca cualquier cosa. A saber de dónde lo habría sacado el tipo. El caso es que a Jonathan le hacía gracia; de hecho, creía firmemente que un perro patán era lo que su vida necesitaba en aquel preciso momento. De modo que le habilitó un rincón en el patio de su mansioncita londinense y ahí lo dejó, con agua y galletas, hasta que su estado de ánimo necesitara arrumacos del bicho.

Pero como sabrá todo el que haya maltratado a un perro, estos animales necesitan tanta atención como una abuela y tanto jaleo como un crío, hasta el punto de que encerrados en un patio por amplio que sea acaban volviéndose tarumbas, empiezan a saltar sin razón y ladran ante un cualquier mota de polvo. Como era el primer perro al que maltrataba, Jonathan desconocía todas estas particularidades biológicas y no le dio importancia ninguna a ciertos actos que consideró propios de su raza. Si el perro parecía sonreír, si se ponía estrábico a voluntad, si saltaba con la boca abierta contra las paredes cuando veía una mosca, Jonathan encogía los hombros y les comentaba a sus conocidos, muy seguro de sí mismo, que en el fondo eso es ser perro.

Una mañana -la mañana de la semana que Jonathan sacaba a pasear al bicho-se fueron ambos al parque, lleno de niños corriendo o montados en columpios de fantasía que con su griterío agudo e inocente acabaron de volver loco al perro. Empezó a ladrar, a saltar verticalmente como un muelle y, de un golpe seco, consiguió soltar la correa de la mano de Jonathan, que vio espantado como su animal se abalanzaba contra chiquillos que no le llegaban al lomo. Algunos salieron despedidos contra la arena, otros cayeron de culo untándoselo definitivamente con la mierda del pañal. Las madres gritaban, insultaban a Jonathan, intentaban espantar al perro con el periódico. En el fondo el bicho, como la mayoría de locos, solo jugaba. Jonathan le llamó con un chillido histérico y en un santiamén el can se plantó ante él, no sin antes volver a derribar a los niños que poco a poco habían ido levantándose entre lágrimas. Ya en casa, Jonathan azotó al perro por aquella mañana horrible y entre alaridos lo volvió a encerrar en el patio en el que se había vuelto loco. Le culpaba de haber llevado el caos a aquel apacible parque, pero los perros locos no son tontos y saben de quién es la culpa. Jonathan en el fondo tampoco era tonto y también lo sabía.

Sonando: Ping Island/Lighting Strike Rescue Op - B.S.O. de The Life Acquatic With Steve Zissou





Gervasi Deferr

28 01 2008

deferr.jpg Gervasi Deferr va de vez en cuando a conferencias de temática peregrina para que no se diga que los gimnastas son solo músculos y un maillot. Cualquier asunto por raro que sea, cualquier centro cívico o institución académica por lejos que esté, cualquier conferenciante es bueno para las ansias de cultura que tiene el muchacho, aunque a menudo tenga que ir solo y su familia se meta un poco con él. A Gervasi le da igual. Gervasi aprende un montón y se lo pasa bien. Llega con su moto al lugar en cuestión, ocupa un asiento lateral para no molestar demasiado y escucha a quien toque con su bloc de notas y el boli por si el tipo dice algo importante, no vaya a ser que cite un libro o cuente un chiste que luego no recordaría.

El mes de octubre pasado Gervasi asistió a un acto de presentación de un libro en el Institut d’Estudis Catalans, donde solo había expertos antropólogos que se morían por escuchar a un profesor norteamericano que iba a hablar de bomberos. Efectivamente el gimnasta aprendió un montón sobre la vida de estos profesionales, a menudo incomprendidos y demasiadas veces presentados como héroes, casi siempre por culpa del cine. Le gustó tanto a Gervasi lo que dijo el antropólogo que llenó seis páginas del bloc para que cuando hubiera una charla en un cuartel de bomberos pudiese ir bien preparado. Tan emocionado estaba que esta vez iba a hacer un par de preguntas al ponente e incluso a exponer una modesta opinión. En ese momento, con el corazón a cien, un señor jubilado que tenía justo delante pidió la palabra y micro en mano empezó una perorata absurda que no tenía nada que ver con los bomberos y sí mucho con su propio ombligo. Habló de lo que no se ve, y del arco iris, y de la guerra, y de que todos tenemos que ser un poco más amigos, y de que le había gustado mucho lo que se había dicho de los bomberos pero que el señor profesor era muy joven para saber cómo eran los bomberos antiguos de verdad.

Gervasi miraba al jubilado de forma distinta a cómo lo hacía el resto de la sala. El ponente lo escuchaba con media sonrisa y sincero interés; la multitud de inteligentes antropólogos expertos, con abierta risa guasona; Gervasi, acostumbrado a esta figura tan habitual en las conferencias, que se va por peteneras para soltar cualquier cosa que se le pase por la cabeza, lo empezó mirando con comprensión, luego con pena, luego con silencioso respeto. Pero al cabo de un rato de charla del abuelo, tras comprender que no se iba a callar hasta cansar a todo el mundo con sus historias, Gervasi empezó a cabrearse. ¿Por qué coño aguantarle?, ¿porque era viejo?, ¿solo porque era viejo? Cuando el tipo se sentó y la multitud de expertos antropólogos inteligentes se sonrieron unos a otros, el gimnasta se vio a sí mismo en pocos años en la piel del jubilado y no lo pudo aguantar. Se acercó a su oído y le dijo en voz bajita: no ha entendido usted nada porque está chocho, aburrido y solo en la vida. Luego Gervasi se levantó y fue a tomarse unas cañas.





Jennifer Aniston

26 01 2008

aniston.jpg Jennifer Aniston tuvo en 2005 una época de profunda introspección, casi ascética, en la que no salía de casa ni acompañaba a Brad Pitt a los saraos. Le dio por leer a Herman Hesse y encenderse barritas de incienso benjui colocadas meticulosamente en todos los lugares que consideraba propicios para la reflexión, desde el bidé hasta la repisa del ventanal por el que la actriz contemplaba el anochecer de Los Angeles con Siddhartha en las manos. Cómo dedujera de sus lecturillas sus pensamientos es algo que no viene ahora al caso; lo que hay que saber es que en un momento dado Aniston llegó a la siguiente conclusión: lo malo de los seres vivos es que están vivos y por lo tanto en mayor o menor medida siempre pueden acabar haciendo algo que no nos guste, algo que por cualquier razón se interponga en nuestro camino. Y eso obviamente se da tres patadas con nuestro íntimo y profundo desarrollo espiritual.

Por una pirueta intelectual relacionada con la disposición del mobiliario en el piso, Aniston transformó esta vanguardista reflexión en oscura desconfianza hacia sus doce tortugas de Florida, aparentemente felices en el enorme terrario que ocupaba el espacio central del hall. Las tortugas se convirtieron en el ser vivo por antonomasia, en el bicho que en cualquier momento podía levantar una pata o esconder la mancha roja del cuello sin que nadie se lo hubiera pedido y demostrarle a la actriz que, a pesar de las paredes de cristal, su pretensión de control doméstico sobre el terrario era en realidad pueril. Pasó a contemplarlas como la materialización del problema al que había llegado, por el que el libre albedrío de las tortugas se enfrentaba a la capacidad de Aniston de ser mejor persona. Al final se acabó resumiendo en un simple “o ellas o yo”.

Sin miramientos las sacó a todas del terrario y una a una, con su crec-crec, las fue aplastando con un mortero. Cuando volvió Brad Pitt, se encontró a su novia repantigada en el sofá leyendo una selección de textos filosóficos del New York Times con una olla misteriosa junto a ella. Aniston le sonrió, apartó la revista cariñosamente y puso los labios pidiendo un beso. Al agacharse para dárselo, Pitt vio el contenido de la olla. No pudo más que apartarse horrorizado, repartiendo su mirada de asco entre el terrario vacío, los libros de la biblioteca y su recién estrenada ex-novia.

Sonando: Menos faltarle a mi mare (Romance) - Pepe Pinto





Bogd Khan, octavo Jebtsun Damba Hutuchtu

24 01 2008

bogdokhan.jpg Bogd Khan, octavo Jebtsun Damba Hutuchtu, se aburría un pelín, la verdad sea dicha. Acostumbrado a trabajar lo justo y casi para aparentar y dar ejemplo al súbdito, las tardes de cada día eran para él como tardes de domingo y además empezaban a las diez y media de la mañana. Sin dominicales del periódico, ni panadería a la que bajar a comprar el pan, ni máquinas tragaperras que aún tardarían años en inventarse, el monarca se pasaba horas pegando saltitos de tedio en su monstruoso salón del trono, gritando su nombre completo para que sonara el eco. Unos días se ponía a contar baldosas negras, otros a saltar de blanca en blanca; cuando tocaba contar luego se esforzaba en olvidar el número para poder repetir la operación otro día y sorprenderse con el resultado y exclamar sorprendido como si él mismo fuera un niño engañado: caramba, Bogd Khan, ni más ni menos que dieciséis millones setecientas setenta y siete mil doscientas dieciséis baldosas negras tiene tu salón, podrás estar orgulloso.

Su primo Herminio, como hacen todos los primos, le aconsejaba que leyera y que aprendiera todo lo que se supone que un emperador mongol, que para más inri es el octavo Jebtsun Damba Hutuchtu, debe saber de su país y de sus gentes. Bogd Khan decía que aún era joven para tirarse leyendo todo el día desde el lucero del alba hasta reventarse los ojos, que aún no estaba preparado. Pero es que además, no nos engañemos, la historia de su país le parecía al buen Khan la cosa más insoportable que ha parido enciclopedia, o sea que leer, a falta de Wii y de blogs onanistas, no era la solución. De repente iba y se comía un yogur, o le pedía a cada uno de sus trescientos cocineros una tortilla de un sabor diferente. Se cortaba las uñas hasta que quedaran más anchas que largas o se afeitaba hasta que no quedaran puntitos negros, hasta que empezaba a sangrar y lo ponía todo perdido. Daba volteretas, vomitaba las tortillas, rascaba las paredes estucadas, desmontaba cajas de cartón y luego se disgustaba porque le hubiesen ido bien para guardar las uñas y jugar con ellas. A veces repetía el proceso.

Cuando a eso de las siete de la tarde se empezaba a marear con el olor familiar del salón, que olía demasiado a él, salía al balcón imperial a respirar el aire de la ciudad y del desierto, pensaba en los pobres y en las ratas y entonces le entraba la pena. Se imaginaba emborrachándose al caer la tarde con aquella gente tan sana, la gente del pueblo, felices en su incultura y su humildad, libres de espíritu gracias al trabajo sin las preocupaciones espirituales propias de un Jebtsun Damba Hutuchtu. Entonces, con cierta envidia, le venía a la cabeza esa reflexión tan bonita y democrática de que en realidad nunca queremos lo que tenemos. Y luego se hacía de noche y, como no había farolas ni neones en las calles de Ulan Bator, le entraban ganas de pegarse un tiro. Luego solo se acababa haciendo una paja, que a lo mejor era la cuarta del día.





Concepción Arenal

22 01 2008

arenal.jpg Concepción Arenal sufrió un pasmo una tarde de agosto y todos la creyeron muerta. La lloraron durante dos días, le hicieron los oficios religiosos y la llevaron a cuestas a un pequeño cementerio gallego y por lo tanto húmedo. La fosa era pequeña pero el enterrador, que en su trabajo prefirió dejarse llevar por la rutina y la experiencia en vez de contrastar las medidas, solo se percató al ver el ataúd. El cura y los familiares esperaron a que ensanchara el agujero un poco más para empezar el entierro propiamente dicho -en realidad cuatro rezos mal traídos y mucho ruido de pañuelo y moco-; una vez resuelto procedieron a echar tierra sobre el cadáver de Concepción.

Pero como ya hemos casi dicho la buena mujer no estaba muerta, de modo que por casualidades de la vida lo primero que oyó al despertar, en una duermevela pesada, fue el ruido de la tierra repicar en la madera. Mujer de natural coraje, no se asustó demasiado al reconocer su incómoda situación. Sí, ciertamente intentó avisar desde las profundidades del hoyo a todos aquellos que tan amablemente habían ido a despedirla, pero como además de corajuda Concepción era prudente, prefirió no desgañitarse. Pensó que iba a tener tiempo y que como respiraba suavito le daría para reflexionar sobre un montón entero de cosas que aún tenía pendientes. Y las reflexionó, y hasta pudo darse cuenta de lo bien que está una sola, sin más remedio que hablarse a sí misma para no morirse de aburrimiento. Incluso se permitió el lujo de pensar más lento.

Concepción, sin embargo, no era una mujer que gustara de desperdiciarse con una cosa tan tonta como un entierro en vida, de modo que cuando el famoso profanador de tumbas holandés de nombre Pieter abrió por pura chiripa su ataúd, respiró aliviada y se dijo a sí misma que nunca más volvería a pensar deprisa. De vuelta a Madrid invitó a cenar al holandés y se compró seis revistas y una entrada al teatro. Se dio cuenta entonces de lo ilusa que había sido.

Sonando: America - Trini Lopez





Josep Oliu

21 01 2008

oliu.jpg Josep Oliu asistió hace apenas seis meses al funeral de su madre. Lo que poca gente sabe es que tras la mirada perdida del banquero entre nichos y mausoleos había sobre todo indiferencia. Incluso serenidad. Un año atrás, en agosto de 2006, la madre de Oliu se encontraba en la cama de una famosa clínica privada de Sabadell acabándose, con la ayuda de una enfermera tetuda, las peras confitadas del menú. Su hijo la observaba rígido, con los brazos cruzados y la frente sudada, esperando a que dejara de mover sus encías fofas, cerrara la boca de una vez por todas y dejara que le secaran las babas. Ante la visión de su madre comiendo, las tetas de la enfermera era lo único que serenaba a Oliu.

Finalmente, madre e hijo se quedaron a solas. Oliu seguía sudando a pesar del aire acondicionado; la mujer, entre la modorra y los efectos sedantes de la medicación, miraba a su hijo con largos y lentos parpadeos. Cómo estás, mamá, le preguntó con voz aséptica. Ella solo pudo soltar la mandíbula y empezar a respirar con dificultad. Con la misma voz fría pero más sudor en la frente Oliu le volvió a preguntar cómo se encontraba; la mujer calló de nuevo y siguió respirando lentamente con la boca abierta, como un bebé, sin usar las fosas nasales. El banquero acercó la cara a la de su madre y tras repetirle de nuevo la pregunta, frío como una caja fuerte, se irguió y sin mediar más palabra le arreó un sonoro bofetón. La mujer gimió con la boca abierta y miró asustada a su hijo.

Nadie entró a la habitación pese al ruido de la hostia. Oliu, con el corazón sonando como un cajero expendiendo billetes de diez, se sentó en el sofá, sacó un kleenex de la caja de kleenex y se secó el sudor de la frente. Su madre no dejaba de mirarle con los ojos como platos. Él, con el pulso más sereno, se levantó de nuevo, se dirigió a la cama y la miró otra vez, tendida entre sábanas revueltas, con la boca abierta y babeante. Sin decir nada le dio otra hostia aún más fuerte que la anterior. La mujer saltó en su cama e inició un gemido largo y modulado con el que no era fácil saber si pedía ayuda o le preguntaba algo a su hijo. Oliu le dio una tercera. Y una cuarta. Y una quinta. Y una sexta y última hostia. Y respiró hondo, se irguió, se puso bien la americana y, cruzado ya de brazos, miró unos segundos a los ojos llorosos de la anciana antes de irse a cenar. Su mujer le esperaba fuera, sentada en el coche, y seguramente le preguntaría cómo estaba ella. Él resoplaría y con una mirada de resignación metería la llave en el contacto y se irían al restaurante en el que cada viernes tenían mesa reservada.

Sonando: Weatherbox - Mission of Burma





Dave Brubeck

19 01 2008

brubeck.jpg Dave Brubeck adoraba las motocicletas hasta tal punto que en 1967 descubrió que se trataba de pura atracción sexual. Al principio se resistía a admitirlo por considerarlo, no una aberración o una enfermedad congénita, sino sencillamente una estupidez de la que no podía salir nada productivo. Cómo irse a la cama con una Ducati 250 o una Norton Electra, por decir dos modelos que le excitaban particularmente. Qué iba a hacer desnudo con ellas, aunque fuera de una en una. Qué partes tocar, con qué piezas estimularse. Los mareos y las punzadas en el estómago aparecían cuando paseaba por el centro de la ciudad con su mujer de la mano y, de lejos, como si fuera un tornado en el desierto, oía el rugir de una de aquellas máquinas venidas del infierno para tentarle.

Finalmente, por no hacer daño a nadie empezando por él mismo, decidió saciar aquel torbellino de deseo limitándose a las revistas de aficionados al motor. Fuera donde fuera, ya al estudio de grabación, ya a visitar a su tía Angelica, Brubeck aprendió a llevar siempre consigo un ejemplar de la Bike For All que ocultaba meticulosamente entre las páginas de otra publicación para que nadie supiera de sus gustos privados. Las máscaras elegidas solían ser, nadie sabe por qué, catálogos de alimentación y de productos de limpieza.

Una vez en el metro tropezó y la revista original quedó al descubierto, cayendo por infausta casualidad a los pies de una motard con tacones y chaqueta de cuero. Tras el encuentro, estuvo un año y medio acostándose con aquella mujer a espaldas de todo el mundo, incluidos los rudos amigos moteros de ella, que no habrían entendido qué hacía su gorrioncito yéndose al catre con un músico con pinta de novato. Si Brubeck era feliz o no con la situación no es fácil de afirmar aún a día de hoy. Ambos compartían gustos, conocimientos y, a un nivel bastante superficial, ilusiones y planes para un futuro en pareja que ninguno estaba dispuesto a garantizar. Por eso, el trauma solo fue relativo cuando la motard sorprendió a Brubeck a oscuras en el garaje experimentando con su carne y el tubo de escape de una Triumph T100C. El músico se explicó como pudo y ella lo entendió a su manera. Prefirieron dejar de verse por un tiempo que, por lo embarazoso del descubrimiento, Brubeck ha acabado alargando hasta hoy.

Sonando: Egyptian Shumba - The Tammys





La Bella Dorita

17 01 2008

dorita.jpg La Bella Dorita bailó desnuda más de cinco veces y más de seis aún tras perder un dedo del pie el 28 de mayo de 1933, por una mala apuesta que visto lo visto nunca debería haber aceptado. Carinyu meu, tu puñetera afición al juego te va a matar, le decían sus compañeras, que la querían a pesar de la pelusilla que rondaba entre vestidores. Podían ser envidiosas pero bailaban en El Molino y las vedettes de El Molino no eran unas cualquieras: a las compañeras que van por el mal camino hay que traerlas al bueno aunque el bueno sea el Paralelo. Pero La Bella Dorita adoraba el juego, el simple hecho de poder ganar cualquier cosa sin otro trabajo que aguantar la respiración, sin más sudor en la frente que el de la emoción de poder perderlo todo… eso a ella le encantaba, le volvía loca, fuera a las cartas o a la ruleta de los barquillos.

Rafael el Italiano, como le llamaban todos por parecerse tanto a Benito Mussolini, con su cara calva de burro, sabía que uno de los juegos preferidos de la bailarina eran los chinos, juego sencillo y elegante donde los haya. Así que se plantó como de costumbre en una de las últimas filas de El Molino y cuando acabó la función, aún caliente por la actuación de Dorita, se dirigió a la pequeña salida de la calle Fontrodona con seis garbanzos crudos. Desde el balcón, los vecinos que le conocían, que eran casi todos, le miraban como preguntándose què farà ara aquest burro. Cuando la bailarina salió, riendo sonoramente y pisando como si estuviera en un tablao, el Italiano se le acercó con su cara de burro calvo y le dijo al oído un par de cosas, esforzándose en no parecer un simple baboso. Entraron en una bodega y al salir nadie les pudo seguir la pista.

Al cabo de tres días, La Bella Dorita apareció con una pequeña venda en el pie. Esa noche hizo lo que pudo, por bailar, por cantar, por calentar al público y por aguantar el chaparrón del jefe y las preguntas de las compañeras. El Italiano siguió yendo puntualmente al Molino entre semana, pero ahora procuraba ponerse siempre donde Dorita pudiera verle. Ella siguió bailando y cantando y calentando, si cabe con más fuerza y más gracia que antes. Y él, ante las sutilezas de la Bella Dorita, se inventó una sonrisa cruel desde la platea que solo se borró cuando estalló la Guerra.





Pedro Duque

14 01 2008

duque.jpg Pedro Duque, a pesar de ser astronauta, no suele entender las películas. Sale del cine de ver una de mafiosos por ejemplo y siempre hay un amigo muchísimo más lento que él que, en el momento de romper el silencio para comentarla, desvela de paso algo que Pedro no había pillado. Al hermano mayor lo mata un matón que en la escena anterior sale de la habitación del protagonista, en lo que es un clarísimo ejemplo de cinematográfico fratricidio por la espalda y a la vez un punto de inflexión en la trama que permitirá entender todo lo que sucede a partir de ese momento. Pero Pedro no lo ha entendido. Vamos, no ha entendido lo que tocaba cuando tocaba, mientras veía al actor secundario entrar a la cocina del refugio de montaña en la que el italo-americano que hace de hermano del protagonista pelaba una patata en un cotidiano silencio que solo puede ser augurio de muerte a navaja. Pedro piensa que el secundario trabaja para otro, quizá para el jefe de Boston, quizá para un villano desconocido, pero seguro que no para el protagonista.

No es que el pobre astronauta español viva en la inopia -o en la luna de Valencia como suelta entre carcajadas su hermana cada vez que comen juntos-; más bien tiene demasiadas cosas en la cabeza para obedecer la lógica de las historias solo porque haya pagado siete euros por la entrada. Se podría decir que Pedro se salta las películas a la torera y toma de ellas lo que le apetece, sea el pelapatatas del hermano o los picos nevados que se ven desde la ventana del refugio de montaña. A veces de la sopa de planos que tiene en la cabeza sale algo que se parece a la película que ha visto el común de los mortales, a veces no. Él se conforma pensando que es astronauta, y que quizá tenga algo que ver. Quizá son los efectos de la presión en el espacio exterior, quizá su increíble velocidad para con el cálculo mental le impide concentrarse, quizá los raros son ellos…

En enero de 2004 le dejó una novia rusa y, por las dificultades con el idioma, la chica no le dio demasiadas explicaciones: solo las justas y necesarias para que un buen aficionado al cine como él, experto en lidiar con elipsis y otras sutilezas de la economía narrativa, pudiera hacerse un mapa de la situación. Pedro no entendió nada y le llamó puta. Después, se tiró dos semanas en cama y un par de meses con el orgullo por los suelos. En mayo de 2004 fue a ver una reposición de Mi Chica en un cine de arte y ensayo y desde entonces no ha vuelto a pisar una sala. Sus amigos le consuelan diciéndole que ellos tampoco entendieron cómo puede morir Macaulay Culkin por una picada de avispa.





Madeleine Albright

13 01 2008

albright.jpg Madeleine Albright siempre había querido subirse al Air Force One pero por esas cosas de la vida nunca se había dado el caso. O estaba enferma cuando Clinton le cedía un asiento, o estaban barnizando la cubierta, o el piloto resultaba ser un ex-marido celoso que rompía en lágrimas cuando la veía acercarse desde el hangar; fuera como fuera, la Secretaria de Estado rabiaba cada vez que Chelsea y Hillary, asquerosamente sonrientes, saludaban a la concurrencia abrazadas a su amantísimo padre y marido, dispuestas a emprender el vuelo en uno de los más importantes símbolos del poder estadounidense.

A las cinco de la mañana del 13 de noviembre de 1998, Madeleine se desveló asustada tras un horrible sueño en el que el Air Force One reventaba en pedazos justo encima de una escuela infantil en Tuxon, causando centenares de muertos, incluída por supuesto la familia Clinton. A partir de ese día, las pesadillas se repitieron regularmente -generalmente jueves y sábados- y alteraron la consabida serenidad de la Secretaria de Estado, tanto en familia como en el trabajo. Perdió peso, perdió pelo, y sin embargo nadie pareció darse cuenta de nada, nada parecía extraño a ojos de sus conocidos, ni siquiera cuando adquirió por teléfono, tras una maratoniana sesión nocturna de teletienda, una colección absurdamente grande de aviones en miniatura.

El 1 de mayo de 2000, Madeleine expuso su problema a Clinton que aquel día, vaya usted a saber por qué, por razones arbitrarias que solo el Presidente conoce, se negó a concederle un viajecito en el avión. Madeleine gritó, dio un manotazo en la mesa del despacho presidencial y permaneció sentada con lágrimas en los ojos diez minutos después de que Clinton se hubiera marchado. El 3 de junio de 2000, la Secretaria de Estado entró a la tienda de souvenirs de la Casa Blanca y se llevó sin pagar una camiseta XXL estampada con el Air Force One y dos o tres chapitas con su propia cara.