Bogd Khan, octavo Jebtsun Damba Hutuchtu

24 01 2008

bogdokhan.jpg Bogd Khan, octavo Jebtsun Damba Hutuchtu, se aburría un pelín, la verdad sea dicha. Acostumbrado a trabajar lo justo y casi para aparentar y dar ejemplo al súbdito, las tardes de cada día eran para él como tardes de domingo y además empezaban a las diez y media de la mañana. Sin dominicales del periódico, ni panadería a la que bajar a comprar el pan, ni máquinas tragaperras que aún tardarían años en inventarse, el monarca se pasaba horas pegando saltitos de tedio en su monstruoso salón del trono, gritando su nombre completo para que sonara el eco. Unos días se ponía a contar baldosas negras, otros a saltar de blanca en blanca; cuando tocaba contar luego se esforzaba en olvidar el número para poder repetir la operación otro día y sorprenderse con el resultado y exclamar sorprendido como si él mismo fuera un niño engañado: caramba, Bogd Khan, ni más ni menos que dieciséis millones setecientas setenta y siete mil doscientas dieciséis baldosas negras tiene tu salón, podrás estar orgulloso.

Su primo Herminio, como hacen todos los primos, le aconsejaba que leyera y que aprendiera todo lo que se supone que un emperador mongol, que para más inri es el octavo Jebtsun Damba Hutuchtu, debe saber de su país y de sus gentes. Bogd Khan decía que aún era joven para tirarse leyendo todo el día desde el lucero del alba hasta reventarse los ojos, que aún no estaba preparado. Pero es que además, no nos engañemos, la historia de su país le parecía al buen Khan la cosa más insoportable que ha parido enciclopedia, o sea que leer, a falta de Wii y de blogs onanistas, no era la solución. De repente iba y se comía un yogur, o le pedía a cada uno de sus trescientos cocineros una tortilla de un sabor diferente. Se cortaba las uñas hasta que quedaran más anchas que largas o se afeitaba hasta que no quedaran puntitos negros, hasta que empezaba a sangrar y lo ponía todo perdido. Daba volteretas, vomitaba las tortillas, rascaba las paredes estucadas, desmontaba cajas de cartón y luego se disgustaba porque le hubiesen ido bien para guardar las uñas y jugar con ellas. A veces repetía el proceso.

Cuando a eso de las siete de la tarde se empezaba a marear con el olor familiar del salón, que olía demasiado a él, salía al balcón imperial a respirar el aire de la ciudad y del desierto, pensaba en los pobres y en las ratas y entonces le entraba la pena. Se imaginaba emborrachándose al caer la tarde con aquella gente tan sana, la gente del pueblo, felices en su incultura y su humildad, libres de espíritu gracias al trabajo sin las preocupaciones espirituales propias de un Jebtsun Damba Hutuchtu. Entonces, con cierta envidia, le venía a la cabeza esa reflexión tan bonita y democrática de que en realidad nunca queremos lo que tenemos. Y luego se hacía de noche y, como no había farolas ni neones en las calles de Ulan Bator, le entraban ganas de pegarse un tiro. Luego solo se acababa haciendo una paja, que a lo mejor era la cuarta del día.