La Bella Dorita bailó desnuda más de cinco veces y más de seis aún tras perder un dedo del pie el 28 de mayo de 1933, por una mala apuesta que visto lo visto nunca debería haber aceptado. Carinyu meu, tu puñetera afición al juego te va a matar, le decían sus compañeras, que la querían a pesar de la pelusilla que rondaba entre vestidores. Podían ser envidiosas pero bailaban en El Molino y las vedettes de El Molino no eran unas cualquieras: a las compañeras que van por el mal camino hay que traerlas al bueno aunque el bueno sea el Paralelo. Pero La Bella Dorita adoraba el juego, el simple hecho de poder ganar cualquier cosa sin otro trabajo que aguantar la respiración, sin más sudor en la frente que el de la emoción de poder perderlo todo… eso a ella le encantaba, le volvía loca, fuera a las cartas o a la ruleta de los barquillos.
Rafael el Italiano, como le llamaban todos por parecerse tanto a Benito Mussolini, con su cara calva de burro, sabía que uno de los juegos preferidos de la bailarina eran los chinos, juego sencillo y elegante donde los haya. Así que se plantó como de costumbre en una de las últimas filas de El Molino y cuando acabó la función, aún caliente por la actuación de Dorita, se dirigió a la pequeña salida de la calle Fontrodona con seis garbanzos crudos. Desde el balcón, los vecinos que le conocían, que eran casi todos, le miraban como preguntándose què farà ara aquest burro. Cuando la bailarina salió, riendo sonoramente y pisando como si estuviera en un tablao, el Italiano se le acercó con su cara de burro calvo y le dijo al oído un par de cosas, esforzándose en no parecer un simple baboso. Entraron en una bodega y al salir nadie les pudo seguir la pista.
Al cabo de tres días, La Bella Dorita apareció con una pequeña venda en el pie. Esa noche hizo lo que pudo, por bailar, por cantar, por calentar al público y por aguantar el chaparrón del jefe y las preguntas de las compañeras. El Italiano siguió yendo puntualmente al Molino entre semana, pero ahora procuraba ponerse siempre donde Dorita pudiera verle. Ella siguió bailando y cantando y calentando, si cabe con más fuerza y más gracia que antes. Y él, ante las sutilezas de la Bella Dorita, se inventó una sonrisa cruel desde la platea que solo se borró cuando estalló la Guerra.