Newt Gingrich

4 06 2008

Newt Gingrich tiene aficiones a pesar de ser un señor de derechas. No fuma, no juega al golf y, para ser sinceros, no lee más que lo estrictamente necesario para denostar con fundamento las políticas más progresistas de sus rivales. Pero tiene aficiones. Como mínimo una: adora -siempre lo ha hecho- pasear de noche por las calles de Washington DC y otear las ventanas de hogares ajenos, a la hora en que las buenas familias americanas se demuestran su afecto unidas en el sofá ante el prime time. De noche los olores se mezclan y las sábanas tendidas en los callejones filtran la fritanga y los humos de escape. A Gingrich le encanta. Y se imagina que está dentro de esas casas, y que el olor procede de ellas, y que está sentado en el sofá compartiendo el prime time con una familia que no es la suya pero a la que quiere igual. Cosas de pequeño-burgués solitario.

La noche del 22 de mayo de 1993, después de su dry martini quincenal con un influyente locutor conservador, Gingrich volvía a casa mirando interiores que exudaban intimidad. Se detuvo ante un primer piso más acogedor de la cuenta, demasiado íntimo. Tardó un par de minutos en entender los movimientos rítmicos y los juegos de sombras. Tardó algo más en entender porqué la pareja había escogido el comedor. A sabiendas del calificativo que merecía su actitud, entró a comprar snacks en un seven-eleven y se apoyó en una farola para contemplar la escena con detenimiento y con el confort que da un escondite.

Pasó el fin de semana esperando a que llegara la noche del lunes para tener su momento de soledad nocturna; pasó por la misma calle y se detuvo ante el mismo edificio. Esta vez no era plácido bienestar lo que sentía Gingrich, no pensaba en cálidas escenas familiares ni en el prime time, la imagen del sofá pasaba a connotar otro tipo de asuntos. Y sin embargo no había luz en la ventana. Únicamente la lumbre de un cigarillo: una silueta femenina fumaba recostada en el alféizar, con el confort que da la oscuridad. No le veía la cara, por lo que era imposible saber hacia donde miraba, si le estaba mirando a él. Azorado, el señor de derechas siguió andando y volvió a su casa.

Sonando: Smith & Jones Forever – Silver Jews





Jonathan Yeo

30 01 2008

yeo.jpg Jonathan Yeo, impulsivo y atolondrado, adquirió un buen día un perro como quien se compra el Reader’s Digest. Era un pequeño can sin padre y sin raza que le regaló en 1993 un vecino de los que de debajo de la manga te saca cualquier cosa. A saber de dónde lo habría sacado el tipo. El caso es que a Jonathan le hacía gracia; de hecho, creía firmemente que un perro patán era lo que su vida necesitaba en aquel preciso momento. De modo que le habilitó un rincón en el patio de su mansioncita londinense y ahí lo dejó, con agua y galletas, hasta que su estado de ánimo necesitara arrumacos del bicho.

Pero como sabrá todo el que haya maltratado a un perro, estos animales necesitan tanta atención como una abuela y tanto jaleo como un crío, hasta el punto de que encerrados en un patio por amplio que sea acaban volviéndose tarumbas, empiezan a saltar sin razón y ladran ante un cualquier mota de polvo. Como era el primer perro al que maltrataba, Jonathan desconocía todas estas particularidades biológicas y no le dio importancia ninguna a ciertos actos que consideró propios de su raza. Si el perro parecía sonreír, si se ponía estrábico a voluntad, si saltaba con la boca abierta contra las paredes cuando veía una mosca, Jonathan encogía los hombros y les comentaba a sus conocidos, muy seguro de sí mismo, que en el fondo eso es ser perro.

Una mañana -la mañana de la semana que Jonathan sacaba a pasear al bicho-se fueron ambos al parque, lleno de niños corriendo o montados en columpios de fantasía que con su griterío agudo e inocente acabaron de volver loco al perro. Empezó a ladrar, a saltar verticalmente como un muelle y, de un golpe seco, consiguió soltar la correa de la mano de Jonathan, que vio espantado como su animal se abalanzaba contra chiquillos que no le llegaban al lomo. Algunos salieron despedidos contra la arena, otros cayeron de culo untándoselo definitivamente con la mierda del pañal. Las madres gritaban, insultaban a Jonathan, intentaban espantar al perro con el periódico. En el fondo el bicho, como la mayoría de locos, solo jugaba. Jonathan le llamó con un chillido histérico y en un santiamén el can se plantó ante él, no sin antes volver a derribar a los niños que poco a poco habían ido levantándose entre lágrimas. Ya en casa, Jonathan azotó al perro por aquella mañana horrible y entre alaridos lo volvió a encerrar en el patio en el que se había vuelto loco. Le culpaba de haber llevado el caos a aquel apacible parque, pero los perros locos no son tontos y saben de quién es la culpa. Jonathan en el fondo tampoco era tonto y también lo sabía.

Sonando: Ping Island/Lighting Strike Rescue Op – B.S.O. de The Life Acquatic With Steve Zissou