Santiago Cañizares

12 02 2008

canizares.jpg Santiago Cañizares bajó del avión, procedente de Galicia, y cogió el metro en el futurista aeropuerto-estación de Valencia, abatido tras una victoria de su equipo en la que encajó nada menos que cuatro goles. Habían ganado el partido y los tres puntos no se los quitaba nadie, pero cuatro goles… cuatro goles son demasiados para un portero como él. Volvía solo, pues pidió permanecer en Vigo unos días más. Cargado como iba con la maleta, al abrirse las puertas del vagón se arrellano en un asiento y se puso los cascos con los ojos cerrados. Lista de reproducción “clasicos del POP español!!” a un volumen excesivo.

Le corrían varios demonios por la cabeza de los cuales el más nimio era el castigo del entrenador. La había cagado en el partido por una noche de sábado pasadita. El siguiente error fue pedir tres días de permiso para “reflexionar”, que le fueron inexplicablemente concedidos y seguramente apuntados con rigor en la libretita del técnico. Ciertamente Cañizares dedicó su estancia extraordinaria en Vigo para darle vueltas a la cabeza, respirar hondo y volver dispuesto a lo que hiciera falta; volvía convencido de que esos tres días le habían hecho mejor persona. Cuando acabó la canción de Presuntos Implicados, el reproductor seleccionó al azar Cuídate de La Oreja de Van Gogh. El portero se emocionó, sonrió y reclinó la cabeza.

Pasadas unas cuantas paradas, Jesús, Patraix, Hospital, en las que el metro se fue llenando, las puertas del vagón se abrieron y una anciana con bastón y medallita de la Virgen se plantó agarrada a la barra justo enfrente de Cañizares. Reclinado y aguantándose la cabeza con las manos permanecía ajeno a su alrededor. Finalizó entonces 19 días y 500 noches y decidió erguirse porque le empezaba a doler el cuello. No pudo evitar cruzar una mirada con la anciana que lánguidamente y sin decir nada dio muestras evidentes de querer sentarse. Pero Cañizares, que siempre ha tenido buenos reflejos, alzó raudamente la cabeza y reclinándola en la ventana del vagón, cerró los ojos y siguió escuchando otro clásico del pop español. Le iba muy bien para pensar.

Sonando: Me he perdido – Nacho Vegas y Christina Rosenvinge





Jennifer Aniston

26 01 2008

aniston.jpg Jennifer Aniston tuvo en 2005 una época de profunda introspección, casi ascética, en la que no salía de casa ni acompañaba a Brad Pitt a los saraos. Le dio por leer a Herman Hesse y encenderse barritas de incienso benjui colocadas meticulosamente en todos los lugares que consideraba propicios para la reflexión, desde el bidé hasta la repisa del ventanal por el que la actriz contemplaba el anochecer de Los Angeles con Siddhartha en las manos. Cómo dedujera de sus lecturillas sus pensamientos es algo que no viene ahora al caso; lo que hay que saber es que en un momento dado Aniston llegó a la siguiente conclusión: lo malo de los seres vivos es que están vivos y por lo tanto en mayor o menor medida siempre pueden acabar haciendo algo que no nos guste, algo que por cualquier razón se interponga en nuestro camino. Y eso obviamente se da tres patadas con nuestro íntimo y profundo desarrollo espiritual.

Por una pirueta intelectual relacionada con la disposición del mobiliario en el piso, Aniston transformó esta vanguardista reflexión en oscura desconfianza hacia sus doce tortugas de Florida, aparentemente felices en el enorme terrario que ocupaba el espacio central del hall. Las tortugas se convirtieron en el ser vivo por antonomasia, en el bicho que en cualquier momento podía levantar una pata o esconder la mancha roja del cuello sin que nadie se lo hubiera pedido y demostrarle a la actriz que, a pesar de las paredes de cristal, su pretensión de control doméstico sobre el terrario era en realidad pueril. Pasó a contemplarlas como la materialización del problema al que había llegado, por el que el libre albedrío de las tortugas se enfrentaba a la capacidad de Aniston de ser mejor persona. Al final se acabó resumiendo en un simple “o ellas o yo”.

Sin miramientos las sacó a todas del terrario y una a una, con su crec-crec, las fue aplastando con un mortero. Cuando volvió Brad Pitt, se encontró a su novia repantigada en el sofá leyendo una selección de textos filosóficos del New York Times con una olla misteriosa junto a ella. Aniston le sonrió, apartó la revista cariñosamente y puso los labios pidiendo un beso. Al agacharse para dárselo, Pitt vio el contenido de la olla. No pudo más que apartarse horrorizado, repartiendo su mirada de asco entre el terrario vacío, los libros de la biblioteca y su recién estrenada ex-novia.

Sonando: Menos faltarle a mi mare (Romance) – Pepe Pinto