Gervasi Deferr va de vez en cuando a conferencias de temática peregrina para que no se diga que los gimnastas son solo músculos y un maillot. Cualquier asunto por raro que sea, cualquier centro cívico o institución académica por lejos que esté, cualquier conferenciante es bueno para las ansias de cultura que tiene el muchacho, aunque a menudo tenga que ir solo y su familia se meta un poco con él. A Gervasi le da igual. Gervasi aprende un montón y se lo pasa bien. Llega con su moto al lugar en cuestión, ocupa un asiento lateral para no molestar demasiado y escucha a quien toque con su bloc de notas y el boli por si el tipo dice algo importante, no vaya a ser que cite un libro o cuente un chiste que luego no recordaría.
El mes de octubre pasado Gervasi asistió a un acto de presentación de un libro en el Institut d’Estudis Catalans, donde solo había expertos antropólogos que se morían por escuchar a un profesor norteamericano que iba a hablar de bomberos. Efectivamente el gimnasta aprendió un montón sobre la vida de estos profesionales, a menudo incomprendidos y demasiadas veces presentados como héroes, casi siempre por culpa del cine. Le gustó tanto a Gervasi lo que dijo el antropólogo que llenó seis páginas del bloc para que cuando hubiera una charla en un cuartel de bomberos pudiese ir bien preparado. Tan emocionado estaba que esta vez iba a hacer un par de preguntas al ponente e incluso a exponer una modesta opinión. En ese momento, con el corazón a cien, un señor jubilado que tenía justo delante pidió la palabra y micro en mano empezó una perorata absurda que no tenía nada que ver con los bomberos y sí mucho con su propio ombligo. Habló de lo que no se ve, y del arco iris, y de la guerra, y de que todos tenemos que ser un poco más amigos, y de que le había gustado mucho lo que se había dicho de los bomberos pero que el señor profesor era muy joven para saber cómo eran los bomberos antiguos de verdad.
Gervasi miraba al jubilado de forma distinta a cómo lo hacía el resto de la sala. El ponente lo escuchaba con media sonrisa y sincero interés; la multitud de inteligentes antropólogos expertos, con abierta risa guasona; Gervasi, acostumbrado a esta figura tan habitual en las conferencias, que se va por peteneras para soltar cualquier cosa que se le pase por la cabeza, lo empezó mirando con comprensión, luego con pena, luego con silencioso respeto. Pero al cabo de un rato de charla del abuelo, tras comprender que no se iba a callar hasta cansar a todo el mundo con sus historias, Gervasi empezó a cabrearse. ¿Por qué coño aguantarle?, ¿porque era viejo?, ¿solo porque era viejo? Cuando el tipo se sentó y la multitud de expertos antropólogos inteligentes se sonrieron unos a otros, el gimnasta se vio a sí mismo en pocos años en la piel del jubilado y no lo pudo aguantar. Se acercó a su oído y le dijo en voz bajita: no ha entendido usted nada porque está chocho, aburrido y solo en la vida. Luego Gervasi se levantó y fue a tomarse unas cañas.