Josep Miró i Ardèvol

1 02 2008

miro-i-ardevol.jpg Josep Miró i Ardèvol salió un día de su casita a buscar zumo de noni para su abuelita. El zumo de noni es el zumo de la fruta de un árbol cuyo nombre científico es Morinda citrifolia. Noni es como se denomina en Hawaii al árbol pero en el resto del mundo recibe muchos nombres como nono, nonu, mora india, árbol del queso, etc… El noni es originario y actualmente se cultiva en muchas partes del mundo según una distribución pantropical. Así, podemos encontrarlo desde Puerto Rico hasta la India, pasando por Hawaii, por la Polinesia, por el resto de islas del Pacífico y sur América. Los requisitos básicos para poder cultivar el noni son una temperatura media anual de 20 a 35ºC, mucha humedad y mucho sol. El cultivo del noni, ha supuesto para los habitantes de los lugares en donde crece una nueva forma de subsistencia, ya que son zonas en vías de desarrollo y cuya principal fuente de ingresos es el turismo. Entre estos lugares destacan Fiji, Hawai, y Tahití, principales productores de noni. El zumo de noni orgánico destaca por su alta calidad y respeto al medio ambiente.

A medio camino Miró i Ardèvol se encontró con un lobo y como ferviente católico que es le preguntó al animal si le gustaba el noni. El lobo no le entendió y quiso morderle en el costillar pero Miró i Ardèvol pensó en su abuelita, saltó quedándose quieto en el aire mientras la cámara giraba a su alrededor y le arreó tal patada al animal que desde aquel día prefirió volverse manso y ejercer de perro.

A las siete de la tarde llegó Miró i Ardèvol al opencor de Paseo San Juan y se encontró a un tipo gordo y barbudo del barrio, escritor al que conocía por los periódicos, promocionando cual azafata sumisa el zumo de noni recién llegado de Puerto Rico. Los hombretones se saludaron caballerosamente e iniciaron una elegante conversación sobre las virtudes del noni que acabó sobre lo mal que les iban las cosas cincuenta años después. Al minuto y medio de cháchara apareció el Conde de Godó encargado de tienda y Miró i Ardèvol se tuvo que ir. El escritor gordo y barbudo cual azafata sumisa pronto sería despedido. Finalmente la abuela tuvo su zumo de noni y colorín colorado este imbécil cuento se ha acabado.





Gervasi Deferr

28 01 2008

deferr.jpg Gervasi Deferr va de vez en cuando a conferencias de temática peregrina para que no se diga que los gimnastas son solo músculos y un maillot. Cualquier asunto por raro que sea, cualquier centro cívico o institución académica por lejos que esté, cualquier conferenciante es bueno para las ansias de cultura que tiene el muchacho, aunque a menudo tenga que ir solo y su familia se meta un poco con él. A Gervasi le da igual. Gervasi aprende un montón y se lo pasa bien. Llega con su moto al lugar en cuestión, ocupa un asiento lateral para no molestar demasiado y escucha a quien toque con su bloc de notas y el boli por si el tipo dice algo importante, no vaya a ser que cite un libro o cuente un chiste que luego no recordaría.

El mes de octubre pasado Gervasi asistió a un acto de presentación de un libro en el Institut d’Estudis Catalans, donde solo había expertos antropólogos que se morían por escuchar a un profesor norteamericano que iba a hablar de bomberos. Efectivamente el gimnasta aprendió un montón sobre la vida de estos profesionales, a menudo incomprendidos y demasiadas veces presentados como héroes, casi siempre por culpa del cine. Le gustó tanto a Gervasi lo que dijo el antropólogo que llenó seis páginas del bloc para que cuando hubiera una charla en un cuartel de bomberos pudiese ir bien preparado. Tan emocionado estaba que esta vez iba a hacer un par de preguntas al ponente e incluso a exponer una modesta opinión. En ese momento, con el corazón a cien, un señor jubilado que tenía justo delante pidió la palabra y micro en mano empezó una perorata absurda que no tenía nada que ver con los bomberos y sí mucho con su propio ombligo. Habló de lo que no se ve, y del arco iris, y de la guerra, y de que todos tenemos que ser un poco más amigos, y de que le había gustado mucho lo que se había dicho de los bomberos pero que el señor profesor era muy joven para saber cómo eran los bomberos antiguos de verdad.

Gervasi miraba al jubilado de forma distinta a cómo lo hacía el resto de la sala. El ponente lo escuchaba con media sonrisa y sincero interés; la multitud de inteligentes antropólogos expertos, con abierta risa guasona; Gervasi, acostumbrado a esta figura tan habitual en las conferencias, que se va por peteneras para soltar cualquier cosa que se le pase por la cabeza, lo empezó mirando con comprensión, luego con pena, luego con silencioso respeto. Pero al cabo de un rato de charla del abuelo, tras comprender que no se iba a callar hasta cansar a todo el mundo con sus historias, Gervasi empezó a cabrearse. ¿Por qué coño aguantarle?, ¿porque era viejo?, ¿solo porque era viejo? Cuando el tipo se sentó y la multitud de expertos antropólogos inteligentes se sonrieron unos a otros, el gimnasta se vio a sí mismo en pocos años en la piel del jubilado y no lo pudo aguantar. Se acercó a su oído y le dijo en voz bajita: no ha entendido usted nada porque está chocho, aburrido y solo en la vida. Luego Gervasi se levantó y fue a tomarse unas cañas.





La Bella Dorita

17 01 2008

dorita.jpg La Bella Dorita bailó desnuda más de cinco veces y más de seis aún tras perder un dedo del pie el 28 de mayo de 1933, por una mala apuesta que visto lo visto nunca debería haber aceptado. Carinyu meu, tu puñetera afición al juego te va a matar, le decían sus compañeras, que la querían a pesar de la pelusilla que rondaba entre vestidores. Podían ser envidiosas pero bailaban en El Molino y las vedettes de El Molino no eran unas cualquieras: a las compañeras que van por el mal camino hay que traerlas al bueno aunque el bueno sea el Paralelo. Pero La Bella Dorita adoraba el juego, el simple hecho de poder ganar cualquier cosa sin otro trabajo que aguantar la respiración, sin más sudor en la frente que el de la emoción de poder perderlo todo… eso a ella le encantaba, le volvía loca, fuera a las cartas o a la ruleta de los barquillos.

Rafael el Italiano, como le llamaban todos por parecerse tanto a Benito Mussolini, con su cara calva de burro, sabía que uno de los juegos preferidos de la bailarina eran los chinos, juego sencillo y elegante donde los haya. Así que se plantó como de costumbre en una de las últimas filas de El Molino y cuando acabó la función, aún caliente por la actuación de Dorita, se dirigió a la pequeña salida de la calle Fontrodona con seis garbanzos crudos. Desde el balcón, los vecinos que le conocían, que eran casi todos, le miraban como preguntándose què farà ara aquest burro. Cuando la bailarina salió, riendo sonoramente y pisando como si estuviera en un tablao, el Italiano se le acercó con su cara de burro calvo y le dijo al oído un par de cosas, esforzándose en no parecer un simple baboso. Entraron en una bodega y al salir nadie les pudo seguir la pista.

Al cabo de tres días, La Bella Dorita apareció con una pequeña venda en el pie. Esa noche hizo lo que pudo, por bailar, por cantar, por calentar al público y por aguantar el chaparrón del jefe y las preguntas de las compañeras. El Italiano siguió yendo puntualmente al Molino entre semana, pero ahora procuraba ponerse siempre donde Dorita pudiera verle. Ella siguió bailando y cantando y calentando, si cabe con más fuerza y más gracia que antes. Y él, ante las sutilezas de la Bella Dorita, se inventó una sonrisa cruel desde la platea que solo se borró cuando estalló la Guerra.