Concepción Arenal

22 01 2008

arenal.jpg Concepción Arenal sufrió un pasmo una tarde de agosto y todos la creyeron muerta. La lloraron durante dos días, le hicieron los oficios religiosos y la llevaron a cuestas a un pequeño cementerio gallego y por lo tanto húmedo. La fosa era pequeña pero el enterrador, que en su trabajo prefirió dejarse llevar por la rutina y la experiencia en vez de contrastar las medidas, solo se percató al ver el ataúd. El cura y los familiares esperaron a que ensanchara el agujero un poco más para empezar el entierro propiamente dicho -en realidad cuatro rezos mal traídos y mucho ruido de pañuelo y moco-; una vez resuelto procedieron a echar tierra sobre el cadáver de Concepción.

Pero como ya hemos casi dicho la buena mujer no estaba muerta, de modo que por casualidades de la vida lo primero que oyó al despertar, en una duermevela pesada, fue el ruido de la tierra repicar en la madera. Mujer de natural coraje, no se asustó demasiado al reconocer su incómoda situación. Sí, ciertamente intentó avisar desde las profundidades del hoyo a todos aquellos que tan amablemente habían ido a despedirla, pero como además de corajuda Concepción era prudente, prefirió no desgañitarse. Pensó que iba a tener tiempo y que como respiraba suavito le daría para reflexionar sobre un montón entero de cosas que aún tenía pendientes. Y las reflexionó, y hasta pudo darse cuenta de lo bien que está una sola, sin más remedio que hablarse a sí misma para no morirse de aburrimiento. Incluso se permitió el lujo de pensar más lento.

Concepción, sin embargo, no era una mujer que gustara de desperdiciarse con una cosa tan tonta como un entierro en vida, de modo que cuando el famoso profanador de tumbas holandés de nombre Pieter abrió por pura chiripa su ataúd, respiró aliviada y se dijo a sí misma que nunca más volvería a pensar deprisa. De vuelta a Madrid invitó a cenar al holandés y se compró seis revistas y una entrada al teatro. Se dio cuenta entonces de lo ilusa que había sido.

Sonando: America – Trini Lopez