William Gibson dio los buenos días el 5 de mayo de 1988 vomitando en el pasillo de transbordo de una parada del metro de Nueva York. Salía de casa de su amiga Ronnie tras una pechada de frijoles con atún y tres botellas vacías de vino de garrafón, como el que solo se vende en América. Fue una noche pesada. Habían estado hablando contra su voluntad del Neuromante, la novela de ciencia ficción cyberpunk con la que se hizo famoso y que recientemente Ronnie había leído. Metáforas, símbolos, predicciones cumplidas. Nadie se había planteado que a lo mejor el escritor no quería sentar cátedra; ni siquiera su amiga del alma, exageradamente emocionada por las supuestas dotes mesiánicas de William.
Al bajar las escaleras del metro, Gibson notó que algo le presionaba la cabeza, algo distinto al alcohol, un estruendo industrial, sin melodía, que salía de un hilo musical fuera de lo común. Maldijo al tipo al que se le ocurrió ser original a esas horas de la mañana y se sentó en un escalón, masajeándose las sienes a la espera de que cesara el ruido. Por suerte no había nadie alrededor para presenciar su lamentable estado físico. Cuando Roy Orbison tomó el relevo musical, saltándose también todas las convenciones del hilo musical del metro, Gibson se puso de pie entre sudores tarareándose You Got It para si. No pudo dar el primer paso. Sintiendo el ano prieto y la cara vacía, el escritor echó todos los frijoles y manchó de paso el cuerpo dorado de una pin-up que anunciaba Tab en la pared.
Al acabar, con los ojos fuera de las órbitas y toda la sangre en la frente, buscó un kleenex en el bolsillo. Ante él un chaval con flequillo, lentes redondas y gabardina negra le miraba sin decir nada con el rostro. Gibson pegó un respingo y consiguió aguantar el grito. El chaval sin inmutarse le preguntó si era tal como pensaba el escritor del Neuromante. Gibson entre escalofríos dijo que sí y corrió a coger el metro. Aquella misma tarde, tras un pesado sueño cyberpunk entre flequillos y cuero negro, usó uno de los ejemplares de su más famosa novela para calzar una silla coja. Se sentó en ella con rabia.
Sonando: Wichita Lineman Was A Song I Once Heard – The KLF. Chill Out